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Carlos A. Ochoa Blanco

Carlos A. Ochoa Blanco

Colaborador Revista Argentinos.es
Carlos A. Ochoa Blanco

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Según nos cuentan, Groucho Marx dijo: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnostico falso y aplicar después los remedios equivocados”.

Yo lo dejaría en que la política es el arte de crear problemas donde no los hay. Esto al menos es lo que pensé cuando leí una noticia que decía: “El apellido del padre dejará definitivamente  de tener preferencia en España, a partir del 30 de junio.”
En ese artículo se comenta que desde el 30 de junio del 2017, el apellido del padre ya no primará cuando tengan que inscribir al niño en el Registro Civil. Por tanto, la madre y el padre deberán ponerse de acuerdo en el orden de los apellidos que le pondrán al niño o niña. Y si los padres no se ponen de acuerdo, en el plazo de tres días, entonces el encargado del Registro Civil será quien decida dicho orden. Es decir, que si los autores de la vida de un niño o niña no se ponen de acuerdo, un desconocido ordenará los apellidos como a él o ella le de la gana.

Según los comentarios de una abogada, que se incluyen en ese artículo, este es un cambio que permite acercarse más a la igualdad entre varón y mujer.

La reforma deja abierto otro dilema, y es que permitirá que el niño o niña, cuando cumplan la mayoría de edad, se compliquen la vida con la posibilidad de cambiarse el orden de los apellidos. Y es en ese momento cuando en su cabeza revivirán los lamentos de la madre o el padre porque su apellido no fue el primero. El niño o la niña, convertidos en adultos, deberán decidir cual de sus progenitores será castigado a ocupar el segundo lugar en el orden de los apellidos. Imaginen esto en hijos de padres separados. Quizás gane el que mas regalos dé.

Pero la cosa no termina ahí, pues si son varios hermanos, puede iniciarse una bonita pelea entre los que van a favor de mamá y los que van a favor de papá. Eso los llevará a la circunstancia de  que haya hermanos que tengan distinto orden en sus apellidos.

Y si eso les parece poco, la ley, para liar más la cosa, permite usar juntos como apellido compuesto el de ambos padres. No me digan que no es maravilloso meter en el seno de una familia un nuevo problema que antes no existía.

En fin, que antes de la ley las parejas solo se podían pelear por decidir el nombre que le pondrían a la niña o niño, recién nacido, pero ahora esta ley ha metido una nueva semillita para la discordia, entre las parejas. Semillita que al final terminará implicando hasta los suegros de ambos bandos, que querrán que su apellido vaya el primero. Pero según comenta la abogada, parece que esta ley logra que la mujer adquiera un importante derecho para la igualdad.

Solo es necesario pensar un poquito y, a poca inteligencia que se tenga, uno se da cuenta que esto es puro humo, para tapar la inexistencia de otros derechos, que sí le hacen falta a la mujer. Por ejemplo: que de una vez cobren lo mismo que los hombres por el mismo trabajo.

Pero bueno, volviendo a este humo alucinógeno, la realidad es que nuevamente a las mujeres les han tomado el pelo, haciéndoles creer que han mejorado sus derechos, pero lo cierto es que si ponen primero el apellido de ellas y no el del padre de la criatura, estarán cambiando el apellido de un hombre, por el de otro hombre, que es el abuelo materno de la criatura. Lo del cambio de apellidos no es un derecho para la mujer. Es un derecho para aquellos hombres que veían perdido su apellido, por no tener hijos varones. Quizás los legisladores no se dieron cuenta que todos los apellidos que se pongan a los niños y niñas de España, serán apellidos de hombres. La única diferencia es que ahora la pareja tendrá un motivo más para discutir y sobre todo, si el marido es machista o la mujer hembrista, no darán su brazo a torcer, pensando en que sus amistades considerarán perdedor al que tenga que situar su apellido en segundo lugar.

En realidad, creo que no es un beneficio para la mujer, sino que es un beneficio para los aristócratas o los apellidos ilustres, que así tendrán la posibilidad de que esos apellidos sigan siendo el estandarte de sus dinastías, dejando en segundo lugar a los apellidos plebeyos que entren en la familia. Y si hay dos apellidos ilustres, se transforman en compuestos, ¡y chau!

Mi pregunta final es: ¿en qué ha mejorado esto el mundo de la mujer? Quizás en vez de esta estupidez, lo que podrían haber hecho, es que ser madre tuviese algún tipo de compensación. Por ejemplo: permitiendo que cada hijo disminuya la edad para la jubilación de la madre. Eso si favorecería en algo a la mujer y sería una ley para beneficio y premio de las madres. Pero sembrar la discordia en una pareja o en una familia, con algo que nadie había exigido mayoritariamente, es ganas de complicarnos la vida. Esta nueva ley es una argucia para engañar a las que de verdad luchan por los derechos de la mujer. Un saludo.