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Betiana Baglietto

Betiana Baglietto

Redactora Jefa at Argentinos.es
Periodista, escribidora. Con un pie en cada orilla. Más de 10 años en España, y aún no pierdo el acento. Loca por Bruno y Mateo

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Intento, y sólo intento, de responder a una pregunta que nos hacen a diario argentinos que quieren emigrar.

Hace un tiempo escribimos un artículo titulado ‘Me quiero ir a vivir a España’ en respuesta a las decenas de mensajes que nos llegan a diario por nuestras diferentes vías de comunicación. En él tratábamos de responder a las principales preguntas que se hacen quienes tienen planes de emigrar.

Hoy intentaremos ahondar en una de esas cuestiones, vital para la supervivencia de cualquier persona, y más en un país extraño: el trabajo. ¿Cómo está la situación laboral en España?, nos preguntan a diario. Y lo primero a lo que acudimos es a las cifras, el dato más objetivo con el que contamos.

En España hay dos estadísticas de desempleo: la Encuesta de Población Activa, más conocida como EPA, que da a conocer cada trimestre el Instituto Nacional de Estadística (INE) –el equivalente al INDEC en Argentina (pero con datos fiables)-, dependiente del Ministerio de Economía; y el desempleo registrado con los datos del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), dependiente del Ministerio de Trabajo. La diferencia entre uno y otro es que el SEPE recaba las estadísticas de los demandantes de trabajo oficialmente inscriptos en las oficinas públicas de empleo, mientras que la EPA es una encuesta que puede incluir a gente que está sin trabajo pero no está apuntada como demandante de empleo en el SEPE (se basa en una muestra de 65.000 viviendas que permiten abarcar una población de unas 180.000 personas. Los parados contabilizados por la EPA tienen que estar sin empleo, al menos, en la semana anterior a la realización de la encuesta).

Una vez explicado esto, vayamos a las cifras que acaban de dar las dos instituciones. Según la última EPA publicada el pasado 28 de abril. en España había al terminar el primer trimestre de 2016 un total de 22.821.000 activos, es decir, personas en edad y disposición de trabajar. De estos, 18.029.600 tenían un empleo y 4.791.400 estaban en paro. 11.900 personas engordaron las filas del desempleo entre enero y marzo y dejaron la tasa de desempleo en 21%, un décima más que en el trimestre anterior. Con estos últimos datos, España cumple el triste récord de llevar cinco años y medio seguidos con la tasa de paro por encima del 20%. El punto más álgido fue en 2007, con el 27%.

Si miramos las estadísticas del SEPE,  son algo más alentadoras (si puede ser alentador que más de 4 millones de personas no tengan trabajo), por aquello que sólo toma en cuenta a las personas que están inscriptas en las oficinas de empleo: en abril el paro bajó en 83.599 personas, dejando el total de parados en 4.011.171.

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Más allá de las cifras

Con estos números en la mano, cuando queremos transmitir desde 12.000 kilómetros de distancia cómo está la situación laboral en España, no podemos más que decir que no está bien, que el horizonte no es esperanzador, ni las expectativas a corto plazo muy halagüeñas.

Como ocurría en Argentina en la década del 90 y el consecuente corralito que llegó con el nuevo siglo, todos tenemos a más de un amigo, pariente o conocido sin trabajo. Todos tenemos en nuestro círculo gente que lo ha perdido durante la crisis que lleva ya casi una década y, si han vuelto a encontrar, lo más seguro es que sea en peores condiciones, fruto también de la más reciente reforma laboral que ha mermado los derechos de los trabajadores. O están aquellos que no han sido despedidos pero sus empresas han aplicado Expedientes de Regulación de Empleo (ERE), que no son otra cosa que despidos masivos, con consecuencias también para sus condiciones y cargas laborales. Y no faltan los amigos españoles que han tenido que emigrar a otros países de Europa, a Estados Unidos, Canadá, o de Latinoamérica, incluida Argentina, para encontrar un porvenir que aquí pintaba oscuro.

Que hay personas que no sólo no han perdido durante este tiempo sus puestos de trabajo sino que incluso han conseguido cambiar y mejorar, también es verdad, pero no es lo habitual, y lo han hecho en muchos casos empujadas por las pésimas condiciones que padecían en sitios anteriores. También es cierto que parece que lo peor ha pasado y que la cantidad de padres y madres desempleados con los que uno coincidía, por ejemplo, en la puerta del colegio de nuestros hijos, es menor que en los años más crudos de la crisis, pero todavía siguen existiendo y muchos de los que han logrado colocarse lo han hecho en puestos temporales y/o precarios o porque han tenido que buscar la salida del autoempleo, con todas las desventajas que eso implica en un país que todavía tiene mucho camino por recorrer en materia de emprendimiento e impulso del trabajo autónomo.

Si nos preguntan a los que vivimos en España, es difícil encontrar a alguien que hoy recomiende al país como un lugar donde venir a forjarse un futuro, a empezar de cero. Los que llegamos a principios de siglo nos encontramos con una tierra boyante, en pleno crecimiento, que luego resultó que estaba construido en torno a estructuras débiles montadas alrededor del boom inmobiliario que con la crisis estalló por los aires, pero no se tardaba mucho tiempo en conseguir algo, aunque no fuera de lo tuyo y te permitía ir sobreviviendo mientras te acomodabas mejor.. Hoy eso ya no es así, con el agravante de que los sueldos son más bajos que entonces pero el coste de vida sigue siendo más o menos parecido.

Por más que aparezcan ofertas en las distintas  webs que hay de empleo, muchos de los que están en la búsqueda tienen la sensación de que son invisibles para los reclutadores, porque los teléfonos nunca suenan, aunque  la oferta de trabajo “lleve tu nombre”. Los índices macroeconómicos empezaron a mostrar índices de recuperación, pero no es tan seguro de que se reflejen en el día a día de la gente. La situación política, paralizada desde diciembre cuando no salió un ganador claro de las elecciones presidenciales tampoco ayuda mucho, a la espera de lo que pueda pasar ahora en la nueva convocatoria a las urnas del 26 de junio.

Luego cada sector y profesión vive su particular situación y, como decimos siempre, cada caso y cada historia es un mundo, dependiendo también de la situación de la que se parta, de la edad que se tenga, de las expectativas, de lo que hagas, del respaldo económico que traigas.

También hay que decir que España sí es un país que tiene un gran Estado de Bienestar que permite que cualquiera pueda enviar a sus hijos a buenos colegios y hospitales públicos, mermados también por grandes ajustes pero que resisten gracias a los grandes profesionales que tiene en sus plantillas, que ofrece un seguro desempleo digno durante un máximo de dos años según el tiempo de cotización del demandante (muchas otras ayudas sociales también cayeron bajo la tijera de los recortes), y que gracias a las buenas jubilaciones ha conseguido que la situación social no estallara por los aires, con miles de abuelos manteniendo a hijos y nietos en familias cuyos padres han perdido sus trabajos e incluso sus casas.

Aquí se vive bien, sí, pero como en cualquier sitio, hace falta tener con qué. Si no se tienen grandes puestos, de los sueldos de trabajos convencionales (administrativos) hacen falta dos para mantener una familia tipo, porque tanto un alquiler como una hipoteca se llevan gran parte de uno de ellos, sin contar el resto de gastos básicos (comida, servicios, transporte). Está bien recordar que antes de la crisis se hablaba del ‘mileurismo’ (cobrar 1.000 euros) como un problema, y ahora para gran parte de la población es casi un milagro poder alcanzar ese nivel de ingresos.

Emigrar es una experiencia enriquecedora siempre, pero también ilusionante y, aunque seamos optimistas por naturaleza, en el viejo continente andamos escasos de esperanza como para poder contagiarla. No queremos desanimar a nadie, pero tampoco vender espejitos de colores, como alguna vez hicieron nuestros colonizadores. Aún así, si se deciden a venir de todas formas, que la mejor de las suertes los acompañe. Y en estas páginas siempre encontrarán letras para combatir la nostalgia o, al menos, apaciguarla.

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