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Betiana Baglietto

Betiana Baglietto

Redactora Jefa at Argentinos.es
Periodista, escribidora. Con un pie en cada orilla. Más de 10 años en España, y aún no pierdo el acento. Loca por Bruno y Mateo

La puerta de embarque del aeropuerto de Ezeiza se convirtió en 2002 en un embudo por donde se escurrían hijos, hermanos, nietos, amigos… Una vez más, Argentina, aunque por motivos diferentes, sino echaba, hacía muy poco por retener a gente que ni en los sueños más arriesgados hubiera visualizado una aventura europea.

Pero allí estaban, con valijas que pesaban bastante más que 23 kilos, dispuestos algunos a buscar mejores oportunidades de las que ofrecía en ese momento el país, estabilidad, un entorno más seguro donde ver crecer a sus hijos, una aventura diferente, o todo ello junto. Antes de cruzar el Océano había que pasar el mar de lágrimas en el que se transformó por aquellos días la terminal de salida del Ministro Pistarini.

Los más afortunados llegaban con trabajo, alguien que los fuera a recibir a Barajas y un lugar donde pasar las primeras, cruciales e inciertas noches. Los menos, venían con la dirección de algún hostal donde poder parar y se encontraban con la primera odisea apenas bajar del avión: subir al tren del Primer Mundo con tres maletas a cuestas antes de que se te cierren las puertas automáticas. La suerte ya no estaba definitivamente de tu lado cuando llegabas al hotel señalado y te chocabas con el cartel “Cerrado por vacaciones”. ¿A quién se le ocurría veranear en pleno agosto?

No sería nada comparado con la torre de trámites y colas que llegarían a continuación, amén de la misión de conseguir un lugar decente donde alquilar sin trabajo, aval ni casi ahorros. La ilusión cool de vivir en el centro de Madrid cambiaría pronto por nombres tan raros y menos glamurosos como Morata de Tajuña, Alcalá de Henares o Collado Villalba, a no ser que aceptaras un sexto por escalera, con un baño sin puerta, eso sí, en Malasaña. En esas localidades remotas tampoco te ibas a encontrar con demasiados “lujos”. Lo normal era tener acceso a un bajo frío, oscuro y con paredes de papel, la trastienda de un local, o un piso compartido con vecinos de los rincones más dispares.

De repente, de este lado del mundo, los objetos tenían otras funciones que las que les concebíamos hasta entonces: camperas convertidas en almohadas, toallas en frazadas, baños en cocina, bañeras en ollas para hervir salchichas… Algo bueno tenía que tener tanta ausencia de comodidades: ahí afuera había un país por recorrer y allí nos lanzamos. Para quienes recalamos en la capital, poco quedó por ver de Madrid y ambas Castillas, las excursiones más cercanas. Tanto salimos que decir hoy Toledo es sinónimo de pesadilla viajera.

El idioma que creíamos aprendido desde la cuna nos jugó algunas otras malas pasadas. Cogemos más de lo que creíamos que fuera posible, decimos culo sin ningún complejo, y ya sabemos que pedir la vez en la compra no es lo mismo que comprar a la par que el otro. Aprendimos también a contar las cuadras en minutos, a dar menos besos de los acostumbrados y a pedir el café sin tanto amable preámbulo.

Aunque nunca, llevemos los años que llevemos fuera de casa, dejamos de comparar las bondades y desventajas de uno y otro lado del charco. A los más “adaptados”, los mismos que hablan con el acento mezclado, les duele cualquier crítica al país de acogida y miran con algo de recelo a los que todavía tienen a Clarín en su página de inicio en el navegador y están al día hasta de la última novia de Marcelo Tinelli. Los más nostálgicos, a su vez, no pueden entender cómo alguien puede vivir sin saber quién gobierna la provincia que dejaron atrás, cuál es la última celebridad patria que ha abandonado este mundo, o en qué posición está su equipo en la tabla, mientras ellos no dudan en perder decenas de madrugadas para ver por la web partidos entrecortados en los que los goles hay que adivinarlos.

En lo que todos coinciden es en que bendito sea el jamón, el desayuno en el bar, el aceite de oliva, la tostada con tomate y las vacaciones más diversas a pocos kilómetros de distancia. Eso sí, mientras no falte el asado, las pizzas caseras, las medialunas, las empanadas, el Skype y alguna visita veraniega que te traiga los alfajores, el dulce de leche, las bananitas Dolca, las Rhodesias, Sonrisas, Merengadas o las gomitas Billiken. Porque diez años pueden ser mucho, o pueden no ser nada, según el sabor que guardes en la boca.

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