El fútbol argentino ha exportado una serie de entrenadores que son reconocidos en el fútbol europeo pero han sido seriamente cuestionados puertas adentro del país. La falta de convicciones, los objetivos distanciados de las probabilidades y las urgencias de una sociedad apurada por alcanzar el éxito, atentan contra el crecimiento de nuestra liga

Por Nico Di Pasqua.

El cruel negocio en que se ha convertido el fútbol en estos días presenta diversas víctimas en su extensa nómina de partes involucradas. Sin embargo pocos cargos dentro de las distintas estructuras institucionales son tan injustos y aciagos como el de entrenador. Con responsabilidad gerencial y sin participación directa en el juego, debe tener la muñeca suficiente para cargar con los ambiciosos objetivos dirigenciales, sin complicar su relación con un plantel que posee el poder de acción decisivo en el principal elemento de medición de la gestión: los resultados.

Sabemos que los resultados mandan en el fútbol y que una racha negativa puede ser desencadenante de una crisis interna en un club. También hay muestras claras de lo que pueden provocar los ánimos ofuscados de los futbolistas y la conveniencia política o económica de un oportuno cambio de rumbo en las altas esferas de un club o una federación. Es evidente que el entrenador queda en una posición incómoda y resulta el fusible de un mal momento. Que se encuentra en inferioridad de condiciones ante el mandamás pero también respecto a sus dirigidos.

La Argentina con sus urgencias sociales a cuestas y una clara tendencia popular a trasladar las frustraciones diarias a los eventos populares, genera un escenario aún más adverso. La rapidez de estos procesos se exacerba y se necesita de cortas sucesiones de malos resultados para cuestionar la actuación del entrenador. De ninguna manera se evalúan los recursos y el margen de maniobra que administra. Mucho menos se recurre a un análisis realista de los objetivos previos. Simpatizantes, dirigentes y periodistas comulgan en la sensación de que Boca Juniors o Temperley –por citar casos contrapuestos presupuestariamente- poseen las mismas posibilidades de obtener un título. Y popularidad de por medio el entrenador ‘Gasolero’ no puede excusarse de una racha negativa aunque enfrente a cuatro rivales del primer tercio de la tabla, ni el director técnico ‘Xeneize’ tiene derecho a una mala tarde de los suyos, sin que las mediáticas tapas amarillistas –prácticamente todas- hablen de crisis y pongan en tela de juicio su capacidad de conducción.

Con este ámbito indeseable entrenadores como Diego Pablo Simeone –campeón con Estudiantes de la Plata y River Plate-, Eduardo Berizzo o Mauricio Pellegrino partieron con las valijas llenas de reproches del fútbol argentino. Fueron criticados por realizar campañas aceptables, por excluir a un ídolo desobediente o por recurrir a estilos de juego poco valorados por una parcialidad que evalúa el cómo pero no observa el con qué. Otros como Jorge Sampaoli o Mauricio Pochettino debieron buscar su lugar en el mundo en otras tierras. Ni hablar de Marcelo Bielsa que no puede quitarse el estigma de la temprana eliminación mundialista en 2002, aun cuando Josep Guardiola, el entrenador más exitoso de la última década, lo destaca como su referencia principal y como “el mejor entrenador del mundo”.

Curiosamente todos los entrenadores anteriormente mencionados han recalado en las últimas diez temporadas en La Liga, el principal certamen del fútbol español. Allí la historia ha sido diferente y, con diversa suerte, cada uno ha conseguido un buen grado de reconocimiento aunque los resultados no han entregado realidades muy distintas.

Al igual que en el fútbol argentino, solo Simeone ha conocido las mieles de la consagración en la excepcional etapa que todavía lo mantiene al frente de Atlético de Madrid. Berizzo ha llevado a Celta de Vigo a creer en un estilo de juego que lo transportó a la instancias decisivas de la competencia europea y de la Copa del Rey y ahora, ante la ida de Jorge Sampaoli a la Selección, sería su reemplazante en el Sevilla. Pellegrino –que había sido despedido en 2012-13 por el poco feliz Valencia- retribuyó la confianza de Deportivo Alavés alcanzando la final de la presente edición de Copa y manteniendo al equipo lejos de la zona de descenso. Sampaoli ha elevado a Sevilla a la pelea seria con el trio mandamás del último lustro del fútbol español –Barcelona, Real Madrid y Atlético-, continuando con éxito el destacable trabajo de Unai Emery. Bielsa y Pochettino han dejado rastros importantes en sus respectivos pasos por Athletic y Espanyol.

Casualidad o no todos los mencionados han sido jugadores de Bielsa en el pasado a excepción de Sampaoli, quién, sin embargo, siempre se definió como un fiel seguidor del estilo de juego predicado por el entrenador rosarino. Simeone compartió desde dentro del campo el proceso de Bielsa como seleccionador argentino. Berizzo y Pochettino son hijos pródigos del ‘loco’ en el recordado Newell´s Old Boys de los años 90 y Pellegrino lo tuvo como técnico en Vélez Sarsfield. Un punto de contacto importante para entender, aun con la diferencia de criterios futbolísticos, por qué toda esta gente ha sido más reconocida kilómetros afuera de su tierra. Otro dato importante: todos desarrollaron parte de su carrera futbolística en el fútbol español menos el propio Sampaoli.

Es significativa la diferencia entre el fútbol español y el fútbol argentino. La diversidad entre uno y otro medio a la hora de reconocer los méritos de los entrenadores nace temprano. Se origina en la presencia de objetivos claros y realistas. Nadie piensa en un Alavés o un Celta campeones. Todos conocen sus recursos, las distancias astronómicas con varios de sus competidores y el horizonte más lejano al que pueden aspirar. Entonces una racha negativa –salvo en casos nefastos como el de Valencia que ha tenido 10 entrenadores desde 2012- no pesa enormemente en la evaluación. Incluso una derrota como visitante es, a priori, aceptable, situación inimaginable en el fútbol argentino donde la vara se coloca alto y se mide con la irrealidad de pretensiones poco probables.

Las desmedidas urgencias del fútbol argentino y la escasez del largo plazo de trabajo para los entrenadores, entrega resultados lamentables. Una generación de dirigentes con poca firmeza para sobreponer sus convicciones –si es que las tienen- al grito disconforme de sus futuros votantes, ha terminado con el destierro de profesionales capaces que engrandecerían el nivel de una competición apaleada por la vulgaridad. Cuando pensamos en convertir nuestra liga en un producto vendible a nivel internacional, deberíamos cuestionarnos por qué el país de la genialidad de Lionel Messi y Marcelo Bielsa, prefiere el esfuerzo poco cualitativo de Julio Buffarini y la socarrona locuacidad de Ricardo Caruso Lombardi. Probablemente encontremos allí la respuesta a nuestra mediocridad.