La derrota categórica del seleccionado argentino ante su similar de España, puso en el banquillo de los acusados al entrenador y a algunas de las figuras del plantel. Una vez más el análisis quedó relegado al facilismo del score final.

Nico Di Pasqua.

La inoportuna y estrepitosa caída del seleccionado nacional ante España, a pocas semanas de una nueva edición de la Copa del Mundo, abrió interrogantes sobre el futuro inmediato del representativo dirigido por Jorge Sampaoli. El 6 a 1 doloroso dejó espacio suficiente para críticas de todo tipo al entrenador y a los jugadores, tanto desde el propio universo futbolístico argentino como desde sectores que nada tienen que ver con el deporte, pero forman opinión a través de los medios.

Nuestro país -o quienes allí nacimos- tiene una sensibilidad profunda y oscura ante el fracaso. Y un don especial para minimizar lo positivo y exaltar el tropiezo sin medir las condiciones en que se produce. Solo el resultado final dará el veredicto histórico. Lo que ocurrió antes solo es materia de crítica en el caso de un exabrupto. Sobre todo si se trata de un traspié complicado de asimilar como el de Madrid. Allí no importará lo ocurrido. Nadie tendrá en cuenta cómo España llegó a conformar una generación que le permite a su seleccionado contar con tres opciones de calidad por puesto. Pocos analizarán el corto plazo y las urgencias de la estadía de Sampaoli al frente de un seleccionado que, hace muy poco tiempo, estuvo al borde de la eliminación mundialista. Mucho menos se observará la cantidad de síntomas positivos en lo colectivo, que entregó el equipo más allá del abultado score desfavorable.

Nada sirve. Los hechos anteriores no cuentan como condicional para que esta derrota haya ocurrido. Ni siquiera un trabajo de base que ha convertido a los futbolistas españoles en elementos de elite del fútbol internacional. Tampoco los motivos por los cuales entrenadores y directores deportivos, nacidos o formados en nuestra ‘madre patria’, son captados por las principales instituciones y federaciones europeas para replicar el ‘modelo español’. Un modelo que entregó resultados resonantes al seleccionado y a clubes como Atlético de Madrid, Sevilla, Celta de Vigo, Villarreal o Athletic, entre otros, sin contar con el dominio de Barcelona y Real Madrid a nivel continental en la última década.

¿Cómo estos señores vestido de rojo que ponderaban el juego físico y la fuerza se adueñaron de la técnica que nosotros vamos perdiendo? Sería un buen punto de partida preguntarnos esto. Qué puede haber ocurrido para que un país que disponía contemporáneamente de Norberto Alonso, Ricardo Bochini, Carlos Babington, Miguel Brindisi, José Daniel Valencia, Julio Ricardo Villa y un joven valor llamado Diego Armando Maradona, compitiendo por un puesto hace exactamente cuatro décadas, hoy no encuentre un socio creativo para acompañar a Lionel Messi. ¿Es esto producto de la casualidad? ¿La técnica no se mejora con la enseñanza? ¿Nos estaremos olvidando del trabajo formativo por entender que el resultado positivo no necesita fundamentos previos? ¿El largo plazo y las ideologías futbolísticas deben estar supeditadas siempre a los resultado obtenidos? Probablemente debamos preguntarnos todo esto cuando observemos la enorme diferencia entre la mayoría de los futbolistas del combinado español y sus colegas argentinos en el entendimiento del juego y en la capacidad de respuesta en cada sector del campo ante la presión.

Argentina ha denigrado sistemáticamente la formación y el trabajo a largo plazo. Hemos creído que la gestión de Marcelo Bielsa ha sido nefasta por el resultado final. Una eliminación en primera fase es imperdonable. Pero nadie se detuvo a observar lo que ocurrió en el resto del proceso. Lo mismo ocurre con José Pekerman. Entre ambos -y con Hugo Tocalli como continuador en el área juvenil- formaron a una generación de futbolistas que hoy continúan defendiendo la celeste y blanca. Y que más allá de no haber obtenido títulos importantes, han devuelto a nuestro representativo al primer nivel del fútbol sudamericano y mundial, luchando muchas veces en soledad contra la decadencia del fútbol “organizado” en nuestro país. Y ahora, cuando están en los pasos finales de su carrera, deben lidiar con una generación que los continuará en el tiempo, pero que carece de la jerarquía de los Messi, los Agüero, los Romero o los Mascherano.

A todo esto el público recuerda con nostalgia aquella gesta milagrosa en Italia 90. Un subcampeonato que sobrevino a cuatro años donde el seleccionado solo ganó 7 partidos de 31, fracasando rotundamente en lo futbolístico en dos Copas América -una como local en 1987-, y entregando paupérrimas actuaciones como la derrota ante una ignota Australia por 4 a 1. Pero el segundo puesto en una final polémica y tras ganar solo un par de partidos (URSS y Brasil) en los 90 minutos, dio por tierra con un período que tampoco dejó demasiado para el futuro. Solo el liderazgo de Oscar Ruggeri, la presencia de Sergio Goycochea y algunos nuevos estandartes como Diego Simeone y Claudio Caniggia como punto de partida para la renovadora era Basile.

Por todo esto parece al menos injusto colocar a Sampaoli en el centro de un campo minado. Una decena de partidos y una situación de emergencia en el inicio de su gestión, indican que su trabajo es contra reloj. El propio primer tiempo del enfrentamiento ante España demuestra una mejoría notable en algunos aspectos colectivos del juego. Y no se enfrentó ante la Australia que nos goleó en 1988, ni ante la desconocida Noruega que nos ganó pocos meses antes del título de 1986. Tuvo la valentía de medirse -aun cayendo por nocaut- ante uno de los dos mejores seleccionados de la década. A un fútbol que, tras el fracaso en Brasil 2014, creyó que había que continuar por el mismo camino y modernizar la idea. A jugadores que hoy ocupan un lugar de privilegio entre aquellos que amamos el fútbol.

Seguramente la evaluación final llegará en julio. Con el resultado final consumado, Argentina será un desastre si se pierde un partido inoportuno o un equipo inigualable si se gana con un gol con la mano y sin ninguna base ideológica como sostén. Así somos. Quizá porque seguimos creyendo que ser argentinos nos hace los mejores. Que no es necesaria otra cualidad que el lugar de nacimiento. Que el trabajo y la capacitación es para los “giles”, que no ven virtudes en el facilismo ni oportunidades en el talento sin orden. Mientras tanto, el tiempo pasa y ya no somos los mejores ni allí donde nos destacábamos. Deberíamos empezar a preocuparnos.