Muchas veces, la vida nos lleva a variar sentimientos que creíamos inamovibles y eternos. Son momentos de crisis y contradicciones muy profundas que nos conducen a encrucijadas angustiosas.

Una de esas circunstancias es la relación con el país que nos vio nacer, la tierra natal, el terruño o como nos guste más llamarlo. Hay toda una mística patriótica inculcada en nuestras mentes por padres y maestros que dicta nociones de pertenencia, orgullo nacional y ciertos derechos y deberes que los ciudadanos debemos cumplir a rajatabla. Todo está muy bien, pero los seres humanos también tenemos crisis de identidad, contradicciones y altibajos existenciales que nos golpean y modifican al punto de hacer trastabillar nuestras más profundas creencias.

Algunas veces, el desarraigo se produce dentro del propio país y esto suele ocurrir en muchos lugares del mundo. Quien quiera llegar al triunfo siendo actor, por ejemplo, tendrá en los Estados Unidos que viajar a Nueva York en busca de un lugar en el teatro, o a Los Ángeles, si quiere destacarse en cine o televisión. En la Argentina, el país federal más unitario que se pueda concebir, ya sabemos que Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires. Es lógico, por lo tanto, que el provinciano inicie su exilio interior en su propia tierra dejando atrás afectos, familia y paisajes de la niñez en aras de una realización profesional.

Otras veces, el conflicto es mucho mayor cuando se trata de irse del país, cambiar costumbres, idioma e idiosincrasia para lograr superar situaciones de distinta índole. Puede ser el exilio con pasaje de vuelta, cuando se trata de capacitarse para actividades y profesiones que son posibles de desarrollar mejor en otras latitudes; eventualmente, todo ese conocimiento adquirido en el exterior podrá servir para volcarlo en el país natal y aportar al bienestar propio y ajeno.

Mucho más dramáticas son las circunstancias que llevan a la gente a tener que huir para salvarse de persecuciones políticas o religiosas en épocas de salvaje intolerancia. En esos casos, el exilio es una vía crucis insoportable que puede desembocar en un odio visceral hacia las autoridades que han permitido esos horribles excesos que muchas veces puede trasladarse al país en su totalidad, generando un sentimiento de repulsión por todo lo que recuerde el origen nacional.

Ya sea para formarse, para encontrar un futuro mejor, más seguridad ciudadana y estabilidad laboral, o para salvar el pellejo de matanzas y cazas de brujas, el sentimiento hacia el país pasa por matices cambiantes y por contrastes de hondo dramatismo.

Por eso, no hay que enojarse tanto con los compatriotas que, empujados por esos y otros muchos problemas, a veces explotan con exabruptos y epítetos violentos contra la patria que debería ser intocable y referente existencial, independiente de momentos terribles que ocurrieron, ocurren y ocurrirán en la inmensa mayoría de los países que integran este atribulado mundo. Es cierto, son a veces irritantes y producen un lógico sentimiento de rechazo, pero cada tanto distintos sectores de la población sienten en carne propia algunos de esos nefastos sucesos que hacen imposible una vida armoniosa y fiel a ciertos principios básicos y ahí uno comienza a entender lo que no quiere decir compartir o disculpar, sino asumir que somos humanos y por lo tanto estamos sujetos a estos avatares más de lo que creemos.

A veces la reconciliación llega, otras sólo nos quedan bellos recuerdos de una niñez, adolescencia o juventud. Y siempre, en el fondo de nuestro corazón, estará esa raíz, ese origen y esa identidad que no depende de ningún gobierno.