Por Enrique Pinti |  Para LA NACION.

Vivimos tiempos de sospechas, espionajes, descontroles, represiones, extremismos, permisividades peligrosas en algunos lugares del planeta que se contraponen con retrocesos medioevales en otros. Países donde las mujeres llegan a presidentas o ministras y, al mismo tiempo, son asesinadas impunemente por sus parejas; libertad a niveles de libertinaje en las redes sociales que permiten la pedofilia, el asesinato, el vaciamiento y adulteración de cuentas bancarias y hasta han llegado a propiciar la anorexia, la bulimia y el suicidio entre adolescentes que también pueden ser abusados sexualmente en matinés bailables o, incluso, acceder voluntariamente a ser manoseados en peligrosos juegos de seducción que poco o nada tienen que ver con una conducta sexual sin prejuicios sino que engendran prácticas que conducen a la muerte. Todo aderezado con drogas duras y alcohol sin la menor moderación.

El mundo se ha convertido en un gigantesco “gran hermano” sin la menor privacidad por un lado y con secretos de Estado más secretos que nunca. O sea que para el ciudadano común y corriente hay brutal exposición a todos los niveles y para grandes sectores del poder reina el más absoluto silencio. Las grandes mafias controlan cuanta guerra tácita o declarada estalle en distintos lugares de nuestro universo y frente a la indefensión de grandes mayorías tenemos las más estrictas normas de “seguridad” que sirven de carta blanca a todo tipo de abusos de autoridad.

También es cierto, y todo hay que decirlo, las sociedades difunden sus pesares, reclamos y exigencias por medio de las redes sociales que permiten una información rápida que se desparrama por todo el mundo con una velocidad nunca vista en tiempos anteriores.

Quizás estemos en tiempos de transiciones drásticas y veamos solamente la punta de un iceberg que poco a poco vaya revelando sus verdaderos alcances y sus más profundas consecuencias. Y así como en la antigüedad las pestes, los fenómenos atmosféricos, las enfermedades mentales y las deformidades corporales eran calificadas como “castigos divinos”, “obra de brujerías” o “maldiciones bíblicas” sumiendo a la humanidad en desorientaciones que generaban horrorosas e incoherentes cacerías humanas y persecuciones religiosas de un fanatismo irracional, el tiempo, la ciencia y los adelantos tecnológicos fueron explicando las razones de esos y otros males. Pero junto a esos progresos aparecieron o mejor dicho reaparecieron tabúes y fanatismos creados y madurados a la sombra de intereses materiales y ansias de supremacías de raza, colores y religiones que volvieron a ser las máscaras más o menos sagradas de la vieja y viciosa ambición de poder.

Este y otros fenómenos con rostro moderno y raíces antiguas nos han llevado al permanente “estado de sospecha” engendrador de teorías conspirativas que propician la creación del enemigo necesario para estar siempre en guardia con el consabido beneficio material de los traficantes de armas, drogas y trata de personas. Junto a tanto desbarajuste, por suerte, también hay grupos de seres humanos que buscan no ahogarse en ese mar de horrores y siguen predicando con su ejemplo de vida las ventajas del adelanto y la convivencia civilizada. La lucha es ardua pero siempre valdrá la pena…