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Sergio A. González Bueno

Sergio A. González Bueno

Persigo la oda del gol; un soneto de campeón; un poético caño, una trova de 'rabonas'; una estrofa de Diez; una copla de aliento... ¡Fútbol y letras!
Sergio A. González Bueno

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Del Potro, Pareto, Lange, Los Leones…

           En agosto, Río de Janeiro fue la Capital del Deporte. Todos nos conmovimos con héroes anónimos y leyendas vivientes. El espíritu amateur de los Juegos Olímpicos enamora. Contracultural, desafía al despiadado profesionalismo con una receta infalible: el don vocacional de los atletas. Cada cuatro años, miles de soñadores emprenden la aventura competitiva que los tutee con la gloria. En el medio, pelean contra la falta de presupuesto, adversidades varias, desidia política, presiones gubernamentales, auspiciantes del campeón, peligrosos nacionalismos, etc. A pesar de los vicios referidos, el ecléctico cóctel olímpico subyuga al auditorio universal. Y embellece la gesta deportiva, inmortalizando a los participantes. Sin importar el Oro, la  Plata, el Bronce o el Diploma.

         ¿Por qué los JJOO nos emocionan? Porque la pasión no tiene precio. Los sponsors no saben de lágrimas ni de gestas. A Usain Bolt lo pueden llenar de “oro”. Pero el jamaiquino compite con hambre de gloria. A Michael Phelps le llueven contratos millonarios. Pero el norteamericano nada con la voracidad de un principiante. A Simone Biles los auspiciantes le sonríen. Pero la voladora de Ohio ignora las leyes de la gravedad. Al sudafricano Wayde Van Niekirk le sobrarán padrinos comerciales de chequera generosa. Pero batir el récord mundial de Michael Johnson es un tatuaje que llevará grabado a fuego en su corazón de campeón.  A la etíope Almaz Ayana le saldrán mecenas variopintos. Pero la medalla dorada con plusmarca engalanará su palmarés de por vida.

         ¿Qué pasó con los argentinos? En el amanecer de los JJOO, la “Peque” de Oro nos llenó de orgullo. En horas, Pareto nos convirtió en repentinos especialistas en yudo. Rápidamente, Del Potro renació de las cenizas. Y le ganó con coraje y drives de francotirador al amenazante retiro. En la memoria colectiva del aficionado argentino quedará inmortalizado el épico duelo del debut olímpico con triunfo ante Nole Djokovic. Partido de fábula del tandilense. “Delpo” fue Plata de Oro. La final perdida con Murray  lo consagró. Y rompió el absurdo paradigma impuesto irracionalmente por la perversa cultura del éxito. ¿A qué me refiero? A la tóxica sentencia futbolera que tanto retrasa: de los segundos nadie se acuerda. ¡Por favor! Del Potro fue héroe siendo subcampeón. Que sirva de enseñanza.

         En el epílogo de la competencia, dos Oros conmovieron al telespectador argentino. Los Leones –genuinos herederos del gen competitivo de Lucha Aymar y compañía– eliminaron a la potente Alemania en semifinales y sometieron a Bélgica en una final perfecta. El hockey nos regaló una presea impensada. Y nos permitió conocer a fondo a un personaje de fábula: Carlos “Chapa” Retegui. Finalizando, la dupla compuesta por Santiago Lange y Cecilia Carranza dio la sorpresa en vela. El Nacra 17 de yachting los consagró en Río 2016. Tras la presea, la historia de Santiago Lange nos estremeció. El destino le jugó la traicionera baraja del cáncer. Y una cirugía salvadora le extirpó un pulmón. La pasión de Lange por vivir pudo más. A la adversidad le respondió con coraje. La palabra rendición no figura en el diccionario de Santiago. Ejemplo de deportista vocacional e incansable luchador el medallista olímpico . Mirarse en el espejo de Lange le da sentido a la vida. Y dignifica al colectivo humano. ¡Adiós Río 2016! Nunca te olvidaremos. Japón 2020 será la próxima cita. Vayan preparando los corazones. La saga olímpica nunca falla.