En el agitado devenir histórico, los países y sus gobernantes parecen a veces perder la perspectiva de los hechos que integran y conforman la vida de los gobernados. En efecto, lo épico y lo cotidiano se confunden fácilmente y, a menudo, rimbombantes logros en un aspecto contrastan con retrocesos dramáticos en el otro.

 

Cuando los países atraviesan crisis económicas los grandes remedios o las medidas antipáticas pero necesarias impactan de manera negativa en la vida cotidiana de grandes mayorías perjudicadas por el desempleo, la pérdida de su vivienda y el desorden social que esas y otras terribles consecuencias provocan al desatar un sálvese quien pueda que no excluye sino que fomenta la aparición de nuevos delitos de diversa índole, pero de parejo impacto negativo en la moral colectiva. Y es ahí, ante el derrumbe económico y social de los pueblos, cuando los gobernantes comienzan a lanzar discursos triunfalistas echando en cara transformaciones positivas logradas gracias a ellos, poniéndose medallas y agitando banderas de reivindicaciones que pueden ser muy positivas, pero que no pueden paliar la desolación de perder el trabajo, no poder solventar la educación ni la salud de su grupo familiar, no gozar de un transporte público medianamente correcto, temer por su seguridad personal asistiendo perplejos a todo tipo de crímenes, delitos y violaciones flagrantes de sus derechos civiles, teniendo que recurrir permanentemente al piquete, el corte de rutas y el escrache como única manera de hacerse valer.

 

Cuando, por ejemplo, por una causa u otra los servicios elementales -luz, agua, gas, y todo lo que depende de la energía eléctrica- colapsan dejando en la oscuridad e indefensión a vastos sectores de la población, y el tema se repite constantemente con mayor o menor virulencia, pero siempre perjudicando la vida cotidiana y generando enfermedades, accidentes y muertes, todos los discursos se estrellan contra el muro del fracaso y la ineficiencia.

 

Quien paga por esos insumos y consumos tiene todo el derecho constitucional de exigir el cumplimiento efectivo de esos servicios sin tener que volver a escuchar las eternas excusas que todos (todos sin excepción) los gobiernos nacionales, provinciales y regionales vienen declarando desde que este vejete que esto firma tiene uso de razón. Obviedades y estupideces tales como: nunca llovió tanto, nunca hizo tanto calor, estamos ante un cambio climático mundial y demás disculpas que no pueden tapar la falta de prevención, de reales inversiones y de mantenimiento racional adecuado al crecimiento demográfico y a los cambios estructurales que cualquier sociedad tiene que asimilar.

 

Estatal, privado, mixto, con subsidios y sin ellos, todos los sistemas terminan del mismo modo: colapso y deficiencia y ante eso que afecta el diario vivir de cientos de miles de seres humanos hay que aguantar que funcionarios con cara de cemento digan cosas como «el problema afectó a un diez por ciento de la población solamente».

 

Es el mismo insulto que al referirse a la desaparición de personas durante las dictaduras, los que efectuaron las masacres declaman: «no fueron treinta mil sino apenas cinco mil». Como si una vida no valiera nada. El poder aísla, aleja al poderoso del despreciado vulgo que es nada más y nada menos que la enorme masa popular que desde los distintos sectores trabaja todos los días para mantener decentemente su grupo familiar.

 

No somos santos y también en los pueblos pulula el virus del a mí qué me importa o si el trabajo es salud, que trabajen los enfermos, pero de todos modos cualquier hijo de vecino tiene derecho a ser asistido por administraciones que proporcionen elementales normas de eficiencia y respeto. Todos estamos hartos de excusas y nadie pide castigos ejemplares ni cambios permanentes que ya han demostrado no servir para que lo elemental que rige nuestra vida de todos los días deje de ser un pequeño gran calvario y un rosario permanente de malos tratos, burocracias dignas de Kafka y peleas de conventillo entre políticos llenos de mañas y chicanas que sólo buscan ganar elecciones. La democracia no merece estos sucesos lamentables.