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Cintia Ana Morrow
Una pequeña escritora intentando hacer este mundo más pequeño...
Cintia Ana Morrow

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Lisboa es una ciudad construida sobre colinas, en una de ellas está el barrio de Alfama (cuyo nombre proviene de la palabra árabe al-hamma o baño) que es el más antiguo y el único que conserva el trazado original de las calles. Durante el reinado musulmán, este barrio constituía toda la ciudad y, aunque fue muy dañado por el terremoto de 1755, al reconstruirlo se respetó ese aire entre medieval y árabe que tenía hasta entonces.

La gran atracción turística (y además es evidente porque se ve desde todos lados) es el Castillo de San Jorge, ubicado en la colina del mismo nombre, que tiene unas vistas privilegiadas de la ciudad y ya por eso vale la pena la subida. Se cree que los primeros pobladores de la ciudad (fenicios, griegos y cartagineses) se instalaron en esta zona en el siglo VI a. C., lo cual convierte a Lisboa en una ciudad aún más antigua que Roma. El Castillo de San Jorge, construido y habitado por los musulmanes durante siglos, se convirtió en Palacio Real en 1255 y recibió al explorador Vasco Da Gama tras descubrir el camino marítimo a la India.

Para seguir hablando de Lisboa, primero tengo que detenerme en un pedacito de su historia que cambió a la ciudad (y a sus habitantes) para siempre: el terremoto de 1755. La mañana del Día de Todos los Santos, mientras casi toda la población de Lisboa estaba en las Iglesias prendiendo velas para sus difuntos, comenzó el peor terremoto de la historia europea. Grietas de hasta 5 metros se abrían en las calles y la gente que estaba fuera corrió a refugiarse en los muelles, solo para ser impactados por el maremoto que vino después. Y como si esto fuera poco, debido a la cantidad de velas que había prendidas, se produjo un incendio que terminó de acabar con casi todo (ya sé, parece un macabro chiste cósmico). Un 80% de los edificios de Lisboa quedaron devastados, se destruyeron archivos reales con cosas tan interesantes como las exploraciones de Vasco Da Gama y nada menos que un tercio de la población murió ese día.

Se cree que tuvo la potencia de un 9 en la escala de Richter, pero dicha escala no existía todavía. Para que se den una idea, este terremoto fue tan brutal que marcó el comienzo de la sismología moderna. Y tuvo un impacto transformador en la cultura y filosofía europeas, principalmente debido a que Lisboa era muy católica y la mayor parte de la gente que murió estaba en las Iglesias (la cólera de Dios). En cambio, en barrios de mala reputación como Alfama, habitado por delincuentes y prostitutas, se salvó mucha más gente.

Les dejo un segundo para recuperar el aliento y volvemos a la Lisboa de hoy, más precisamente al barrio que queda pegado al río Tajo, que se llama comúnmente la Baixa Pombalina. “Baixa” por ser el barrio más bajo junto a la costanera y para diferenciarlo del Barrio Alto, su vecino fiestero que queda subiendo hacia la colina de San Jorge (y el lugar donde me ofrecieron droga hace 9 años y ahora también, y eso que iba con un bebé, al menos son consistentes). Y “pombalina” haciendo referencia al Marqués de Pombal, quien fue el encargado de reconstruir este barrio luego del terremoto de 1755. Este señor dejó de lado el trazado antiguo de Lisboa (con sus callecitas sinuosas y estrechas) y se inspiró en las más modernas capitales europeas para diseñar este nuevo barrio de cuadrícula perfecta, amplias avenidas y enormes plazas. El diseño de la Baixa Pombalina y su fantástica simetría permiten un paseo casi en línea recta desde el estuario del río Tajo hasta la Plaza do Marques de Pombal (el punto más alto desde donde se puede ver todo el barrio

Todo comienza en la Plaza de Comercio o Terreiro do Paço (terreno de paso), llamado así porque fue donde se asentó el Palacio Real tras dejar el Castillo de San Jorge y antes de irse a la vecina población de Belén (porque el Palacio fue destruido en el terremoto). Esta enorme plaza rodeada de recovas, tiene un lado que da al río y durante muchos años fue la entrada oficial a la ciudad de Lisboa desde el Tajo, por allí desembarcaban embajadores extranjeros y la realeza. Luego de la revolución de 1910 los edificios fueron pintados de rosa porque era el color republicano, pero hoy en día lucen nuevamente el amarillo tradicional que representaba a la familia real.

Debajo de un magnífico arco sobre el lado opuesto al río comienza la Rúa Augusta, una calle peatonal comercial rodeada de bonitos edificios que son todos iguales. En una de las calles transversales se encuentra una estructura de hierro más que curiosa: el Elevador de Santa Justa, que es un ascensor de 45 metros que sube hasta el Convento do Carmo  y tiene unas hermosas vistas de la ciudad

La Rúa Augusta termina en la Plaza Pedro IV o Rossio (aunque le cambiaron el nombre, la gente nunca acusó recibo y sigue llamándola Rossio), con sus fuentes de bronce traídas de Francia y completamente cubierta por mosaicos blancos y negros formando olas (que han sido la inspiración para aquella famosa vereda de Copacabana). La plaza del Rossio es tristemente famosa por el palacio sede de la Inquisición en 1450, que quedó destruido tras el terremoto y, luego de su reconstrucción, se destruyó de nuevo en el incendio de 1886 (por insistir). Felizmente, hoy en su lugar está el Teatro Nacional, que comparte la plaza con una Estación de Tren de estilo neo-manuelino que parece una fantasía, y con la Iglesia de Santo Domingo (con su impresionante interior semi derruido desde el terremoto).

Pasando el Rossio, comienza la elegante Avenida Da Liberdade, donde están los hoteles y las tiendas de lujo. Pero sinceramente lo más lindo de la avenida (además de su arboleda) son los maravillosos dibujos en mosaicos blancos y negros que hay en las veredas. Al final queda la Plaza Marqués de Pombal con una columna que lo recuerda y un largo jardín verde en subida, cuyos setos tienen curiosos diseños geométricos. Desde la parte superior de este jardín se tiene una vista espectacular de la ciudad bajando hacia el río Tajo.

Más allá de los lugares, hay una sola cosa que uno no puede dejar de comer si está en Portugal: el bacalao; y más específicamente, el bacalhau à brás, el plato tradicional de la comida portuguesa y que no es más que un revuelto de huevo, bacalao y papas pay

Mientras nosotros íbamos y veníamos en diferentes etapas de nuestras vidas  Lisboa parece estar detenida en el tiempo, con sus calles coloniales, los pisos de adoquines y los incansables tranvías que doblan las esquinas en una maniobra imposible. Me alegro de haber vuelto, y al fin entendí por qué me llevó Alejo hace tantos años: porque Lisboa es diferente. Desde la simpatía del idioma y sus dulces expresiones (aunque no tenga ni idea de lo que dicen), hasta su paisaje de colinas… los bamboleantes tranvías y sus millones de cables que te rayan la vista del cielo en cualquier lado de la ciudad, toda la pastelería portuguesa por descubrir, los ruidosos pero simpáticos cafés locales, la enorme Plaza de Comercio a orillas del Tajo y sus increíbles historias de supervivencia y reconstrucción. Lisboa es bonita, amable y colorida… aunque de noche me siga dando miedo.