Nico de Pascua.

Real Madrid derrotó por 3-0 a Atlético en el partido de ida por la semifinal de Champions League y dejó la serie casi sentenciada. El orden de los ‘colchoneros’ no fue medida para un equipo que cuenta con enormes dosis de idoneidad individual y parece candidato a renovar su corona por un año más

Parece ya un capricho del destino. Atlético de Madrid volvió a toparse con esa muralla blanca prácticamente insuperable en instancias decisivas. El sorteo centró la atención europea en Madrid para un nuevo choque entre el equipo dirigido por Diego Simeone y su némesis. Una vez más la apología del esfuerzo como método para alcanzar el éxito se contrataría con los paladines del talento y la creatividad. Orden versus improvisación.

El orden excesivo resulta previsible si no está acompañado de una cierta cuota de sorpresa. Y esta está emparentada con ciertas formas de desorden controlado. Ese desorden proviene del engaño. Soy ordenado para que te desordenes y aprovecharme de ello. El talento no siempre asegura organización. Pero necesita menores cuotas de ordenamiento para sacar réditos. Con sólo cuidar las formas se puede aspirar a la victoria aún sin ejercer dominio. No hay nada más peligroso que el talento organizado. Porque el orden, aún sin que sea sencillo obtenerlo, lo consigue cualquiera. El talento es para elegidos. Para ejemplificar recurriremos a la música: no se necesita ser Paco De Lucía para seguir una partitura. Pero si para darle vida y sacarle brillo.

Ayer el equipo ‘Colchonero’ salió a hacer lo que sabe. Agitar la bandera del esfuerzo y el orden. Pero fue desbordado por un Real Madrid que le agregó al extraordinario nivel individual de la mayoría de sus jugadores, una premisa simple del fútbol: Colocar mucha gente detrás de la pelota para defender y contar con diversas opciones de juego para atacar. Tan simple como eso. Sin demasiados artilugios tácticos, sin un esfuerzo descomunal, sin un orden férreo e inquebrantable, el equipo ‘merengue’ le dio un importante logístico al desequilibrio inevitable entre los jugadores de élite y los buenos jugadores de fútbol.

Zinedine Zidane cuenta en casi todos los puestos con un integrante del top 3 mundial en su función. Quizá el criticado Keylor Navas, un buen arquero pero de nivel terrenal, sea la excepción a esta regla. Pero el resto del equipo es una verdadera selección internacional en la que habría poco por modificar. Es muy difícil encontrar jugadores en otros equipos que pudieran llegar al Bernabeu a reemplazar incuestionablemente a un miembro del once titular. Fuera de Lionel Messi y los mejores porteros del mundo todo daría margen a la duda. La excelencia marca a fuego la plantilla de la ‘Casa Blanca’.

Bajo estas condiciones el rival que quiera derrotar a Real Madrid debe hacer un partido perfecto, debe esperar que haya una merma en el rendimiento ajeno y debe provocar el máximo nivel de exigencia a un equipo que está preparado para afrontarla. Atlético fue muy tibio. Después de los cinco minutos iniciales solo ofreció resistencia, pero no intentó generar el error. Fue un sparring que tuvo en Oblak a su máximo exponente en la primera mitad. Que dispuso de tranquilidad cuando el local decidió descansar. Que perdió el rumbo cuando el aire fresco del banco de suplentes renovó la ambición ofensiva del campeón defensor. Pero en todo momento estuvo a merced del pensamiento creativo de Toni Kroos y Luka Modric, de las desequilibrantes escaladas de Marcelo y Carvajal –e incluso de Nacho cuando el lateral titular salió lesionado-, de la contundencia de Cristiano Ronaldo y de la habilidad de Isco.

El 3-0 final fue categórico y muy cercano a lo irreversible. Un Atlético sin decisión y con poca energía dejó una imagen pálida y lúgubre en el Bernabeu que lo acerca rápidamente a la eliminación. El fútbol parece querer demostrarle a Simeone que el talento no se consigue con esfuerzo y orden. Que estos últimos valores son un gran apoyo para los excelsos pies de los elegidos. Pero difícilmente serán suficientes para imponerse a gente con muy escaso nivel de error, que necesita de escasas posibilidades para demostrar su eficacia. Al final siempre el jugador es el que define. Y cuando son los mejores del mundo superarlos no es solo cuestión de orden.