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Carlos A. Ochoa Blanco

Carlos A. Ochoa Blanco

Colaborador Revista Argentinos.es
Carlos A. Ochoa Blanco

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Hoy encontré en un sobre dos etiquetas con el nombre de Astur. Eran etiquetas que se cosían en el interior de los sacos, o como dirían en España, chaqueta o americana. La cuestión es que al ver el nombre de la tienda de ropa, que tuvieron mi papá y mi tío en Lomas de Zamora, surgieron en mi mente recuerdos de aquella época. Por suerte, gracias a Google, esos recuerdos personales pueden cobrar vida en la pantalla de la computadora, convirtiéndose así en una ventana, desde donde recorro los rincones más entrañables de mi querida Lomas de Zamora.

Quizás para quien reside en el lugar donde se crió, sea más difícil captar, en toda su intensidad, la carga emocional que generan esos paseos virtuales. Pero para los que ya vamos haciéndonos a la idea de que nunca volveremos a pisar el suelo de nuestro barrio, es difícil de explicar el estallido de alegría y añoranza que se nota en el cerebro, cuando en el monitor del ordenador vas recorriendo tu barrio y llegas a lo que fue tu casa, tu colegio, la placita de tus juegos, etc.

Yo, por ejemplo, recorro algunas veces la calle por donde iba a mi primer colegio, que era la escuela número 20. En esta escuela yo comencé mi vida estudiantil un año más tarde que otros niños, ya que según normas de la época, al cumplir los años en octubre no pude entrar en esa remesa de primerizos. La verdad es que yo empecé el colegio con mal pie. Era como un potrillo, al que un día deciden ponerle los aperos de labranza. Creo que este símil concuerda con esa frase que oí mil veces: “Hay que labrarse un porvenir”.

En fin, la cuestión es que aquel día, cuando vi que me quedaba solo, rodeado de desconocidos y con una señora de bata blanca que nos ordenaba sentarnos en unos bancos, de donde no podíamos movernos sin su permiso, fue fatal para mi mente. Poco a poco fui acostumbrándome, pero ahí comencé a comprender el valor de la libertad. Libertad que para mi comenzaba a las cinco de la tarde, cuando después de tomar una taza de cacao, que nos daban por orden del gobierno, se abría el portón de salida y me reencontraba con mi mamá y el mundo libre.

Recuerdo que iba al turno de tarde. Eso me condicionó para que el resto de mi vida estudiantil pidiese siempre ir por la mañana. Ir a la escuela por la tarde era horrible. Era imposible comer tranquilo pensando en el colegio, en la lección, en pasar al pizarrón a escribir o en los dichosos exámenes. La comida se me atragantaba y los dolores de barriga, sobre todo los días de examen, eran insoportables.

Pero la gota que colmó el vaso de malos recuerdos, fue cuando una tarde pedí a la señorita, levantando la mano, como era obligación, permiso para ir al baño. Tuve la desgracia de que momentos antes dos compañeros habían ido ya al baño y entonces a mí me dijo que no. Yo era tímido y educado. Dos cosas que quedan muy bonitas, teóricamente, para la vida social, pero que luego, cuando creces, te das cuenta que no te sirven para nada, ya que el triunfo en la vida está hecho para los caraduras o los sabios y yo no era ninguna de las dos cosas.

Pero bueno, la cuestión es que por mi educación y timidez aguanté, pero cuando ya no podía mas, volví a pedir permiso, como lo haría un pequeño ciudadano bien educado. Otra vez, como suele pasarle a los ciudadanos bien educados, la autoridad me negó ese permiso. ¿Y que pasa cuando la autoridad reprime? Pues que el ciudadano se ve forzado a liberarse del mal que lo aqueja y entonces mi vejiga dijo vasta y me oriné encima. ¿Que pasó después? Pues que cuando mi mamá me vio salir con todos los pantalones mojados, e incluso los zapatos, me agarró del brazo y con firmeza pero con educación, fue directamente a hablar con la directora. Quizás si esto lo lee una maestra no le guste, pero para mí aquello fue una gran demostración de cariño, por parte de mi madre.

No sé si aquella maestra aprendió la lección, supongo que sí, pues cuando nos encontraba estaba muy amable con nosotros, quizás se dio cuenta que todos no somos iguales y que en el ejercicio de la autoridad es necesario aprender a distinguir entre los caraduras y los que no lo son.

Por suerte para mí, mis padres me cambiaron de colegio y fui a la Parroquia del Carmen. Allí tuve maestras magníficas y unos compañeros estupendos. En realidad nunca tuve problemas con mis compañeros, en ningún colegio. Cosa que por cierto hoy los están teniendo muchos niños.

En fin, esta es una anécdota sobre mi vida en el barrio de Cevallos. Hay muchas más que quizás cuente otro día, ya que en aquellos tiempos los niños vivíamos la vida de otra manera. Había poca televisión y por suerte no teníamos las maquinitas, ni teléfonos que nos absorbiesen el tiempo y el cerebro. Jugábamos a un montón de cosas y los que teníamos la suerte de vivir en familia, sabíamos lo que era reunirse a la hora de comer, sin la necesidad de estar pendientes de responder mensajitos o llamadas telefónicas. Un saludo.

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