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Sergio A. González Bueno

Sergio A. González Bueno

Persigo la oda del gol; un soneto de campeón; un poético caño, una trova de 'rabonas'; una estrofa de Diez; una copla de aliento... ¡Fútbol y letras!
Sergio A. González Bueno

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Siete años atrás, un Atleti extraviado y en terapia intensiva le dio las llaves del club a Diego Simeone, hombre de la casa. Exjugador colchonero, el Cholo había dejado el corazón en el Manzanares. En aquel diciembre del 2011, ni el hincha más optimista imaginó la brutal simbiosis entre el DT, el equipo y la afición. De la pesadilla al sueño. De la desilusión al orgullo. Del escepticismo a la mística. Todo a la velocidad del Cholo. La fe como bandera; el trabajo como premisa. Del insolente “se busca rival digno para derbi decente” a ganarle una final de Copa del Rey al Madrid de Mourinho en el Bernabéu. Títulos europeos; una Liga ganada al Barça de Messi en el Camp Nou; un cabezazo de Ramos que ningún colchonero olvidará (el Atleti estuvo a un minuto de ganar la Champions); otra final europea perdida por penales. Ganando o perdiendo, el Cholo le devolvió al Atleti el gen competitivo. Ayer, el legado de Aragonés. Hoy, la religión Simeone. 

Los equipos del Cholo son colectivos equilibrados y verticales. Antagonista filosófico de Guardiola –Pep hizo pública la postura del Cholo tras una visita del DT argentino al entrenamiento del FC Barcelona: “El estilo de tu Barça no me gusta”–, el Cholo tomó el camino de sus convicciones. Decisión muy respetable. Decía el Flaco Menotti: “Un equipo es una idea”. Y el Cholo siempre tuvo muy clara la suya.  Abonar el fundamentalismo implica descarrilar en la autopista del sentido común. El fútbol debe gambetear los extremos. De un lado y del otro. Luego, es una cuestión de gustos. Lo irracional es atacar al que juega (piensa) distinto a las preferencias del juzgador. Atrasamos treinta años cuando en lugar de hablar del juego descalificamos. O nos ponemos en inclementes magistrados apelando a las rigurosas normas de nuestra afinidad. Lo bajo al idioma de la tribuna. Cada uno juega como quiere. Le moleste a quien le moleste, el Cholo no pedirá perdón por defenderse. O por querer ganar medio a cero…

En el Manzanares, el “cholismo” es sagrado. Todos se identifican con la cultura del cuchillo entre los dientes. El hincha colchonero tiene memoria. Recuerda cómo estaba el club cuando llegó el Cholo y cómo está en la actualidad. Paro la pelota del elogio y abro la pizarra de la crítica constructiva. A veces, Simeone es rehén de sus palabras. Y deja sentencias inapelables. “Perder una final de Champions es un fracaso”. Desde ya, nadie quiere perder. Mucho menos en una final. No obstante, los radicalismos verbales conjugan con la injusticia. El camino del Atleti para llegar a las dos finales ante el Madrid fue brillante. Reducir todo al resultado implica quitarle mérito al recorrido. O a sus fieles guerreros… Pero el Cholo vive el fútbol así. Apasionado, no admite grises. Es blanco o negro. Tal vez sea uno de sus defectos a corregir. Todavía le quedan muchos años de entrenador. Yendo al juego, los detractores del Cholo le exigen un salto de calidad al equipo. La chequera generosa de Wang Jianlin –dueño del Wanda y del 20% del Atleti–potenció la plantilla. No obstante, el Cholo sigue firme con su ideario. Y los hinchas lo celebran. El orgullo no se compra en El Corte Inglés.

¿Y la Selección? A su edad, el Cholo no se considera un “seleccionador”. Prefiere trabajar en el día a día con sus jugadores. Esa dinámica lo motiva. El campo y el ensayo. Allí radica el secreto del método Simeone. Párrafo aparte para su incondicional ladero: Germán Burgos. El Mono equilibra todo. Con un reto o una sonrisa. Gran estratega del laboratorio, Simeone le saca petróleo a la pelota parada de Burgos. ¿Por qué razón el Atleti del Cholo vuela? La respuesta es el Profe Ortega. Profesional exigente y de largo recorrido en el fútbol. Los jugadores lo ven y se cansan. En julio se enojan con él; en marzo y abril le agradecen. Del viejo Calderón al Wanda. De la depresión a la mística. La religión Simeone no tiene ateos.