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Sergio A. González Bueno

Sergio A. González Bueno

Persigo la oda del gol; un soneto de campeón; un poético caño, una trova de 'rabonas'; una estrofa de Diez; una copla de aliento... ¡Fútbol y letras!
Sergio A. González Bueno

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La procesión del Manzanares profesa –en un acto de fe conmovedor– la religión Simeone. En el olvido quedó el desolador ateísmo colchonero. Todo comenzó con el retorno a casa del hijo pródigo. Ergo, el ‘Cholismo’ fue enamorando al hincha. Con entrega y resultados. Con pasión y compromiso. Con orgullo y ambición. Al tiempo, el halo fatalista del Atleti mutó en asombro. ¿Cómo operó la metamorfosis? Como algo natural. El evangelizador Simeone no negocia el sacrificio. Once para defender y once para atacar. Ningún futbolista es más importante que el equipo. Los divos no caben en la filosofía del DT. La preparación física es la base del éxito. Aquel que no entrena no juega. Aquel que gambetea un ejercicio no es convocado. No hay hijos ni entenados. Ni siquiera Jackson, el delantero por el que los colchoneros pagaron una fortuna. El colombiano no se comprometió y el Cholo lo ‘exilió’ en China. La religión Simeone no admite apóstatas.

En la era del fútbol 3.0 alabamos al eterno Barcelona de Guardiola. Imborrable, el legado del Pep Team quedará en los anales como la obra sublime del modelo Cruyff mejorado poéticamente por la prosa del entrenador catalán. Sin Guardiola, llenamos de elogios al Barça de la MSN (Messi, Suárez y Neymar), diseñado por Luis Enrique para satisfacer a sus estrellas. También pusimos la admirativa mirada en la Bundesliga, extasiados por el ecléctico y eficiente Bayern de Pep. En la trilogía de ejemplos citados nos sedujo la vocación ofensiva de aquellos equipos. Ha llegado el momento de rendirle honores a un equipo que hace de la defensa un arte. Emulando la máxima de la NBA, Simeone está convencido que las defensas ganan campeonatos. Y vaya que aplica esa premisa en su Atleti. Marcarle un gol a los colchoneros es un parto. El equipo niega espacios, es hermético y vital. No necesita el balón para agredir al rival. Hace del laboratorio (pelota parada) un arma de destrucción química. Compite con el guión de la inteligencia. Nunca regala nada. Jamás se rinde. Y, en los momentos de sufrimiento, juega con 12. ¿A quién me refiero? Al motivador Diego Pablo Simeone.

Hay un mérito que muchos omiten en la religión Simeone. Y es el constante rearmado de piezas. El Cholo reemplaza futbolistas claves con extrema naturalidad. Desde el mejor Falcao hasta Diego Costa. Año tras año, los soldados se caen. Y el DT argentino descubre variantes para atenuar las pérdidas. Vendido Miranda, le da minutos y confianza al uruguayo Giménez. Sin Courtois, confía en un desconocido Oblak. Saca a Griezmann de la banda y lo ubica como mediapunta. Asumido el fiasco de Jackson, ‘resucita’ al mejor Torres. Y, tras el acto fallido del Chelsea, recupera para la causa una excelsa versión de Filipe Luis. ¿Cuál es el secreto del éxito del ‘Cholismo’? El credo futbolero. Los feligreses colchoneros pueden dar fe.

Muchos detractores de Simeone le endilgan que juega al límite del reglamento. O que su equipo hace un culto a la violencia. Polémicas al margen, están en su derecho. Nadie tiene el patrimonio de la verdad en el fútbol. Luego, es cuestión de gustos. Y entran a jugar los matices. Desde ya, el ‘Cholismo’ no hace de la estética su ley. Por ende, la identidad lo aleja del lirismo. Es un equipo aguerrido y sólido. A modo de definición, el Atleti es un fiel reflejo de lo que fue Simeone como futbolista. Ello se nota en el campo. Ergo, es una tortura para sus rivales. La piedra en el zapato de los grandes de Europa. Hoy por hoy, jugar contra el Atleti es un suplicio. Aunque se le gane. Efectos colaterales de la religión Simeone. ¡Es palabra del Cholo, el profeta del Calderón!

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