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Sergio A. González Bueno

Sergio A. González Bueno

Persigo la oda del gol; un soneto de campeón; un poético caño, una trova de 'rabonas'; una estrofa de Diez; una copla de aliento... ¡Fútbol y letras!
Sergio A. González Bueno

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Japón siempre fue la meca soñada del fútbol argentino. Arribar a tierras niponas indicaba que la prestigiosa Libertadores decoraba las vitrinas del mejor club del continente americano.

Al tiempo, el marketing mudó el Mundial de Clubes a Dubai y Marruecos. Pero el futbolero de ley siempre sintió una especial conexión con Japón. En Tokio, Riquelme (con fútbol de potrero) y Palermo (con goles) liquidaron al poderoso Real Madrid (2000). En Tokio, Asad y Trotta noquearon al elitista Milan de Berlusconi (1994). En Tokio, Alzamendi sentenció al Steaua de Bucarest, quien en la final de Europa había eliminado al FC Barcelona (1986). En Tokio, Borghi, Batista, Castro y Ereros le dieron flor de susto a la Juventus de Platini (1985). Por eso, la “vieja” Intercontinental, devenida en Mundial de Clubes por imperio de los sponsors, conjuga con Japón.

Y a Japón volvió River. Con Gallardo como gurú de la resurrección Millonaria. Punto y aparte. Imposible soslayar que en junio de 2011 (cuatro años y medio atrás) River descendía a la B Nacional. Aquel golpe lo condujo al infierno sin escalas. De aquellas llamas renació River, con orgullo, ambición y una dirigencia seria y vanguardista (D’Onofrio, Patanián, Francescoli). ¿Qué pasó en Japón? Lo que todos suponíamos. Un River limitado padeció al Barça de Messi, Suárez y Neymar. Ésta vez no hubo milagro ni gesta. Los sueños del “Millo” se vieron truncados por un equipo de leyenda. La hegemonía del Barça excede la media de supervivencia de todos los equipos de época. Y tiene como acervo la superlativa vigencia de su máxima estrella: Leo Messi.

A propósito de Messi, repudio absoluto a los ¿hinchas? de River que lo salivaron en el aeropuerto. Una de las penosas herencias que la sociedad argentina le inoculó al fútbol es la intolerancia. Ello explica (nunca justifica) la patética conducta de los maleducados de turno. También hubo insultos a Mascherano por cierta ‘frialdad’ suya hacia el público riverplatense. Penoso y cobarde. La foja de servicios del “Jefecito” en River y la Selección es inmaculada. En Argentina, la crisis cultural es irreversible. Es tiempo de recuperar el valor del respeto al prójimo y la educación. Tampoco pretendo estigmatizar a la hinchada de River. Insisto, los intransigentes exceden al fútbol. Y conviven día a día en la enferma sociedad argentina. ¿A quiénes me refiero? A los inadaptados que silban a Messi porque no canta el himno. A los delincuentes que hurtan mercadería de supermercados nipones. A los violentos que enlutan la fiesta del fútbol local cada domingo. Ellos no son dignos de Maradona ni de Messi. Ellos no son hinchas de la Selección, River, Boca, San Lorenzo, Racing o Independiente. Ellos son vándalos que nos avergüenzan. A mí, ellos no me representan.