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Sergio A. González Bueno

Sergio A. González Bueno

Persigo la oda del gol; un soneto de campeón; un poético caño, una trova de 'rabonas'; una estrofa de Diez; una copla de aliento... ¡Fútbol y letras!
Sergio A. González Bueno

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Trotamundos, apasionado, obsesivo, luchador, frontal. Cinco palabras que resumen la personalidad de Jorge Sampaoli.

Las inferiores de Newell’s formaron un zurdo con alma de enganche. Lleno de ilusiones, el sueño del futbolista profesional fue truncado por una fatal fractura de tibia y peroné. Antes del tempranero adiós, tiró sus últimas paredes en el Club Atlético Alumni, equipo amateur de la Liga de Casilda. Curiosidad del destino: emulando a su admirado Bielsa, no pudo triunfar en el fútbol de élite. Aquel desencanto lo empujó al aprendizaje. A etapa cerrada, objetivo renovado.  El jugador de Primera que no pudo ser le daba paso a un DT vocacional.

Los comienzos de Sampaoli como entrenador fueron espinosos. Sin el escudo del ídolo, dirigió al Alumni y a Belgrano de Arequito. Las anécdotas alimentan al personaje. Expulsado en un partido, Sampa se subió a un árbol para dar instrucciones.  A los gritos, arengó a sus pupilos con espíritu amateur y descuidando la imagen. La dantesca foto –reveladora de lo que vendría– se hizo pública en el diario La Capital de Rosario. Un Bielsa en miniatura daba sus primeros pasos de futuro campeón…

Al tiempo, Sampaoli empezó un derrotero incesante: Juan Aurich, Sports Boys, Coronel Bolognesi, O’higgins, Emelec. Empero, el salto de calidad lo dio en la Universidad de Chile. Allí plasmó un ideario que moldeó a base de esfuerzo, convicción y golpes. En dicho ciclo, logró tres títulos nacionales, la Copa de Chile y la Copa Sudamericana. Vueltas olímpicas al margen, la U de Sampa fue un equipo brillante. El guión de la posesión fue su bandera. Y el protagonismo su razón de ser. Naturalmente, la Selección de Chile golpeó la puerta de Sampaoli. La postal de la derrota de la Selección en la final de la Copa América de Santiago es un herida abierta en el orgullo del hincha argentino. El dolor nunca pudo mitigarse. Manteniendo la base, Pizzi se aprovechó de la “herencia” en los EE.UU. Mientras, el guionista del bautismal título de campeón de Chile apuraba la firma de su contrato con el Sevilla.

Instalado en Andalucía, la anunciada renuncia de Martino puso a Sampaoli en el ojo de la tormenta. La Selección lo tentaba; el Sevilla pretendía retenerlo. Entre tanto tironeo, la radiografía mediática nos devolvía una imagen de crispación y amenazas. No faltaron los voceros de un patético nacionalismo que le exigían a ‘Sampa’ un acto patriótico. Por momentos, el surrealismo dominó la escena. Hasta que la Comisión Regularizadora se rindió. La cláusula de rescisión sevillista pesó más. Y Pérez, Marín y Niembro ejecutaron el plan Bauza.

Calmados los ánimos, Sampaoli se enfocó en el Sevilla. En poco tiempo, impuso su estilo. Asistido por el gran Juanma Lillo, los nervionenses son un equipo contracultural. Juegan con dos enganches (Nasri y el “Mudo” Vázquez); un Busquets de ascendencia congoleña (N’Zonzi); un arquero de garantías (Rico); marcadores de punta ofensivos (Mariano y Escudero); y un bloque colectivo que se defiende con la pelota y ataca elaborando. Mientras, esperan por el Vietto del Villarreal… Es que el idioma Sampaoli se habla con pausa. Porque la pinacoteca del Pizjuán sublima el lienzo del juego. Porque el volumen del gol tiene la poesía del Indio Solari. Porque el Sevilla Fútbol Rock ya es hit en la Liga de España.