Por Nico de Pascua para Argentinos.es.

Confieso cierta contrariedad de mi parte, a la hora de evaluar los partidos amistosos con el mismo tenor analítico que un desafío por los puntos. Pero dadas las circunstancias que cubrían este enfrentamiento ente el seleccionado argentino y su similar brasilero, en las lejanas tierras australianas, he intentado agudizar la vista hacia esos detalles importantes que estos negocios disfrazados de espectáculos deportivos, suelen disimular detrás de la informalidad.

Las diferencias entre Brasil y Argentina eran claras en la radiografía previa de uno y otro representativo para afrontar este match. La selección ‘Verdeamarelha’ afrontaría minutos de vuelo para no perder el ritmo de conjunto. Al mismo tiempo la ausencia de Dani Alves, Marcelo y Neymar permitiría evaluar variantes ante un rival importante. Brasil no presenta urgencias. Tras un preocupante primer tercio de las Eliminatorias, Tite enderezó el rumbo de un equipo que está a un paso de Rusia y se candidatea como uno de los favoritos a pelear por el título.

En Argentina hace rato que todo es incertidumbre. Desde la propia federación con nuevos conductores, que ahora poseen investiduras suficientes para cometer las mismas desprolijidades con el respaldo de un cargo oficial, hasta un equipo sin identidad que lucha por no naufragar en el espinoso camino a Rusia. Para ello tras la salida de Edgardo Bauza de la conducción del seleccionado, la AFA recurrió a Jorge Sampaoli para realizar el salvataje de un combinado en declive futbolístico tras la Copa del Mundo de 2014. Ni Gerardo Martino ni mucho menos Bauza, encontraron un sostén táctico de elite, acorde a un grupo de jugadores muy valorado en las principales ligas del mundo. Y este amistoso era la primera prueba para un entrenador que debe aprovechar la aventura por Australia y Singapur, para desplegar sus conceptos en tiempo record con miras al crucial choque ante Uruguay del último día de agosto.

Con estos antecedentes el clásico sudamericano tuvo un marco de seriedad interesante. Y más allá de desmenuzar el trámite de un partido que Argentina ganó injustamente, hay que resaltar que la primera mitad del encuentro lució como un enfrentamiento entre dos seleccionados de elite. Hubo virtudes individuales pero también formatos tácticos definidos e intenciones de juego claras. Esto no es sorpresa en el combinado brasilero. Pero es una gran noticia en el representativo celeste y blanco. Después de muchísimo tiempo y aún con altos y bajos, Argentina encontró una línea de juego definida durante la etapa inicial.

Presión constante y ascendente. Intento de salida ágil y al ras de suelo. Generación de juego por el centro y desequilibrio por los costados. El ADN de la idea de Sampaoli apareció en algunos pasajes de la primera parte y alcanzó para dibujar una leve sonrisa pensando a futuro. Claro que no fue todo color de rosa. Un Brasil afianzado superó a Argentina en el balance general y desperdició no menos de tres oportunidades muy claras para llevarse, como mínimo, un empate. Pero hay que tener en cuenta que con una nueva receta, el equipo argentino ha logrado hacer un partido acorde a las circunstancias a uno de los mejores seleccionados del momento.

Con el resultado positivo a favor, Sampaoli deberá trabajar en el ajuste de las señales emitidas. Tendrá que afianzar la línea defensiva, tanto en las coberturas como en la salida. La conexión entre la primera mitad del equipo y el aparato ofensivo  necesitará mayor fluidez cuando el equipo intenta progresar desde el área propia. Habrá que encontrar los nombres adecuados para potenciar la idea. Pero la primera imagen del nuevo proceso da cuenta de un marco estratégico que sostendrá la jerarquía individual que reúne la selección argentina. Con todo esto el score final estuvo por encima de lo merecido. Pero las sensaciones iniciales dan margen a la esperanza y brillan con mayor luz que el triunfo conseguido.¯