Por Enrique Pinti para La Nación.

La tecnología y sus avances han cambiado al mundo y lo seguirán cambiando en los próximos veinte años hasta transformarlo drásticamente. Ha ocurrido lo mismo a lo largo de los siglos desde la rueda a la pólvora, desde la fotografía al cinematógrafo, desde la imprenta al Internet y desde el telégrafo hasta el celular multiuso. El ingenio del hombre y el adelanto científico han aportado al mundo una serie de transformaciones que han permitido notables adelantos que repercuten hoy muy positivamente en la vida cotidiana.

Todo esto es altamente positivo y necesario pero como todo en este mundo tiene su parte negativa cuando la transformación se convierte en destrucción de lo que precedió en el tiempo y también fue en su día algo muy positivo y necesario. Los cambios han sido graduales y sin pausa pero también lo han sido sin prisas exageradas y sin velocidades supersónicas que no permiten asimilar un avance por el atropellamiento de diez avances más en menos de un año. Lo moderno se transforma en anticuado en meses y se entra en una vertiginosa carrera contra el tiempo que en su avance avasallante deja atrás con la etiqueta de inútil lo que hasta ayer era considerado importante.

Así es como se descarta en forma fulminante lo que para muchas (muchos más de lo que se imagina y se encuesta) personas que van quedando fuera de concurso y que se ven reducidos a la condición de dinosaurios en vías de extinción, categorización nada halagüeña y sumamente despreciativa. Es muy bueno poder disponer por ejemplo de sistemas que permitan ver cine en tu casa, programar la película que te guste, bajarlas antes de su estreno y poderlas disfrutar en una tablet a bordo de un avión o en cualquier otro ámbito pero eso no debería hacer perder la magia inefable de la sala cinematográfica, de la oscuridad acogedora y de la concentración que permiten al espectador meterse en esa ficción sin interrupciones ni ruidos extraños.

Muchos “Nostradamus” de ocasión predicen la paulatina desaparición del cine como fenómeno social que fomenta la integración con otros seres humanos con los que se comparten risas, llantos, sustos y todo tipo de emociones. Por otro lado ya es costumbre escuchar a ministros de ciencia y técnica y a grupos de jóvenes clamar por la formación cultural que permita en un futuro cercano descartar profesiones consideradas inútiles y anacrónicas para dedicarse exclusivamente a las tecnologías que van a ser las salidas laborales más adecuadas para ganarse la vida y conseguir empleo con más seguridad. Todo está muy bien pero no olvidemos las vocaciones, los sueños, eso que algunos seres humanos hemos tenido la dicha de tener desde muy temprana edad sin pensar solo en ganar dinero.

Hay docentes, artistas, médicos, abogados y artesanos que sienten esa llama sagrada y que quieren ejercer esas profesiones más allá de cualquier modernidad por lo que ellas significan, enseñar, educar, hacer reír o llorar, curar enfermos, aliviar el sufrimiento, impartir justicia y amar al prójimo. Bienvenida la tecnología, que bien usada ayuda a estas y todas las profesiones, pero nunca dejemos morir nuestras ilusiones y nuestras quimeras aunque no sean muy rentables. A la larga, esa es la cosa más parecida a la felicidad.