El poder embriaga, seduce, construye y destruye. Tenerlo da una sensación equívoca de omnipotencia que la mayoría de las veces conduce a catastróficos fracasos. A todos los niveles posibles el poder se obtiene por las buenas o por las malas, como una consecuencia lógica y natural o por imponderables imprevistos coyunturales, esos que requieren estar en un determinado lugar a una determinada hora, o sea, la mal llamada casualidad que casi siempre es causalidad pura y dura. En el seno familiar se supone que el poder lo tienen los padres en una época.

A veces es el padre quien manda y la madre obedece, otras es a la inversa, sin contar con que suegros de fuerte personalidad pueden compartir y a veces arrebatar el tan preciado poder;
los hijos mandan, por su parte, refugiados en su aparentemente candorosa niñez con sus berrinches disculpados con aquella vieja frase que dice son cosas de chicos. luego al entrar en la pubertad y adolescencia disputan con toda clase de armas la autoridad del núcleo familiar. y al madurar, casarse y dejar la casa paterna se dedican a sus propias vidas. los otrora
mandatarios comienzan con sus achaques y enfermedades, una etapa decadente, y llegan a ser dominados por sus hijos que, en algunos casos, toman revanchas y se ponen algo dictatoriales.

Los maestros y profesores ostentan poder con sus amenazantes aplazos en las materias, pero en estos tiempos que corren a veces deben cuidarse de agresiones de todo tipo, no sólo de
estudiantes díscolos, sino de padres violentos que exigen a golpes de puño mejores calificaciones para sus retoños. La eterna lucha entre jefes y empleados no para nunca. Desde acosos
sexuales por parte de los poderosos hasta extorsiones de todo tipo desde los subalternos. en la lucha por el poder en oficinas públicas o empresas privadas se apela a todo tipo de presiones, chantajes e intrigas. Pero donde la lucha por el poder se desarrolla con mayor intensidad y con consecuencias más críticas para la sociedad es, sin duda, en la política.

Tanto la interna como la internacional son campos de batalla donde muchas veces, a lo largo de la historia, ni la voluntad de los pueblos ni los esfuerzos de la diplomacia han podido evitar guerras, calamidades y enfrentamientos estériles. A veces la excusa ha sido la religión, otras la opresión, otras las fronteras o las soberanías nacionales o regionales, o ambas. Allí los líderes se juegan la vida, la vanidad y la carrera, entonces no vacilan y echan mano a todo recurso aliándose con el diablo, si es preciso, para conservar el poder.
Las luchas internas y las campañas electorales, con agravios, insultos, intrigas y golpes bajos, estarán a la orden del día y generarán guerras civiles declaradas o tácitas dividiendo a los
pueblos en bandos irreconciliables que destruirán familias y amigos, hiriéndolos de muerte. todo por el poder. Nadie niega que también existen causas con fines nobles una vez desatado el desastre para defender a sus pueblos de ocupaciones sangrientas o avasallamientos de soberanías, pero el factor poder siempre acecha entre las sombras. Los éxitos o fracasos en estas causas definen la continuidad del poder. Por eso la historia la escriben los que ganan y la revisan los que pierden. Y en ese sube y baja, los ídolos caen en el abismo de la eterna condena hasta que una derrota de los otrora vencedores patea el tablero y el villano pasa a ser un héroe para rescatar del olvido y la calumnia.

El poder es así y si cualquier tonto o descerebrada se creen poderosos por los cinco minutos de fama que da la televisión debidos al simple hecho de algún escandalete mediático o alguna oportuna bajada de bombacha, qué no pensarán de sí mismos los grandes titiriteros del poder: gobernantes, reyes, banqueros, militares y demás yerbas, que nunca recuerdan el waterloo de napoleón sino su gloria y boato imperial, ni las cabezas guillotinadas de luis Xvi y María Antonieta, sino sus deslumbrantes fiestas versallescas, ni Mussolini colgado en la plaza sino la misma plaza colmada de fanáticos. Por el poder se mata y muchas veces se muere.