Por Enrique Pinti

Hace bastante tiempo que los bipartidismos políticos no funcionan ni dan respuestas concretas a las necesidades de los pueblos.

El constante movimiento pendular entre populismo y ortodoxia neoliberal con derroches y ajustes que siempre terminan pagando los sectores más vulnerables han hartado a las mayorías que buscan en otras opciones la solución a sus problemas. Estas opciones también oscilan entre extremos radicales y continuismos moderados que no dejan de ser parches de dudosa eficacia. Por otra parte el axioma aparentemente inapelable de salvar el sistema bancario prioritariamente dejando en segundo plano a la gente con sus ahorros esfumados, mermados o congelados no contribuye al bienestar social indispensable para controlar entre otros males la violencia que la perpetua frustración provoca.

Los períodos de relativa calma y mediana estabilidad son cada vez más breves y se esfuman como por arte de magia por causa de malas praxis y excesos especulativos sin olvidar las demagogias y los niveles de corrupción intolerables que indignan y agitan los ánimos de los postergados.

Cada país o grupo de países tiene problemas diferentes y de distinta índole, pero más allá de las diferencias y características locales el común denominador es el desgaste de ideas que requieren una profunda revisión sin encapricharse en procesos que han demostrado su poca o ninguna eficacia real.

Nosotros, los ignorantes no somos especialistas ni hemos estudiado economía pero sí sabemos y sufrimos en mayor o menor grado los resultados de estas políticas que han marcado la historia de los últimos dos siglos. Algunos hemos podido adaptarnos y logramos capear las tormentas y temporales, otros han sucumbido en guerras y enfrentamientos debidos en gran parte a las desigualdades sociales y las batallas políticas jugadas con las peores armas. El mundo perfecto nunca existió pero uno, desde el llano, no ve intenciones reales y honestas para encontrar algún camino de redención para los grandes males provenientes de la falta de consideración hacia el género humano como común denominador de todos los que habitamos este planeta.

El poder y sus representantes elegidos por sus pueblos o llegados a ese lugar por la fuerza de las armas se creen pertenecientes a otra raza, a una casta que no está sujeta a las mismas leyes naturales o elaboradas desde las cúpulas de sus cenáculos alfombrados. Debe ser por eso que hablan de prioridades que no tienen que ver con las necesidades reales de la gente sino con las superestructuras todopoderosas que sostienen sus sistemas.

Así desde las religiones, los dogmas de toda índole y las conveniencias de esas minorías se dictan reglas que favorecen a unos sectores y hunden a otros.

Ante semejantes complejidades seguimos pendulando entre populismo y ajuste, demagogia y monetarismo puro y duro, progreso y retroceso, prejuicios y desmadres, fanatismo y descreimiento, peronistas, radicales, liberales, comunistas, republicanos, demócratas, populares de derecha, socialistas de centro, izquierdas y derechas más nominales que efectivas , van perdiendo capacidad de respuesta para los que queremos vivir con paz, trabajo, libertad, salud física y mental y educación al alcance de todos. Ya se sabe, es mucho pedir pero «el que no llora no mama» y mi querido Discepolín agregaba «y el que no afana es un gil». Así, con sencillez tanguera el poeta popular algo pesimista pero con los pies en la tierra definía la cuestión con el «dale que va, que allá en el horno nos vamos a encontrar».