Por Enrique Pinti |  Para LA NACION.

El huevo y la gallina forman un dúo que ha dado y sigue dando mucho qué hablar. En nuestro territorio nacional, que muchas veces se asemeja más a un planeta en la dimensión desconocida que a un país medianamente normal, esa cuestión se plantea muy a menudo.

El eufemismo para referirse a ella es la expresión «pesada herencia recibida» que se aplica siempre al gobierno anterior, siempre y cuando ese gobierno no sea del mismo signo político que el actual. Los problemas que las pesadas herencias dejan no suelen sufrirlo los que aparente o supuestamente les han casado sino que caen como moles de cemento sobre las mayorías populares hayan o no han votado a los piratas y saqueadores seriales que ocuparon los sillones del poder.

El que tiene boca se equivoca dice el refrán y el que vota, vota como le dictan, o sus convicciones, sus fobias irracionales, su ansia de cambiar de cualquier manera, sus intereses individuales o su hartazgo social. Luego, pasada la luna de miel con el «nuevo orden» vienen los arrepentimientos o las justificaciones de ocasión para no dar el brazo a torcer y para no quedar como unos imbéciles, y ahí la población empieza a discutir en el café, en la redes sociales, en la calle o en fábricas, comercios y oficinas el eterno dilema de las culpas tratando en vano la mayoría de las veces, de sacar conclusiones de que vino antes, si el huevo o la gallina.

El que provoca el default lo arregla con devaluación, el que congela tarifas da origen a crisis energéticas, el que no hace inversiones perjudica o anula la eficacia de servicios indispensables y los memoriosos veteranos que aún no hemos sido atrapados por el «viejo alemán» recordamos crisis pasadas que exceden los tiempos del gobierno pasado recientemente y que nos llegan desde el «fondo inmortal de la historia» donde «un clarín del pasado nos llega con serena y triunfal vibración y nos dice: tarados votantes recordad que algún día jurasteis morir».

Esta deformación grotesca de la letra de aquella marcha del reservista que cantábamos a voz en cuello en los días del guardapolvo blanco con tablitas impecablemente planchadas por mamá, pinta de cuerpo entero la frustración de varias generaciones que hemos escuchado la misma cantinela que repite «el país está quebrado, no han dejado un peso» y luego, cuando ese gobierno que recibió la quiebra y la ruina se va, el país vuelve a quedar sin un peso por latrocinios, negociados y especulaciones fraudulentas que se han hecho con el tesoro nacional: ¿cuál tesoro? ¿el formado sin un peso y desde la ruina provocada por la pesada herencia recibida?

A cierta edad se hace difícil creer en tanta contradicción y nuestros cerebros «simplistas» (así definen nuestras elucubraciones todos los políticos entrantes y/o salientes de todos los partidos y alianzas para el ¿progreso?) se ven perturbados por la falta de coherencia y sentido común de gobernantes que parecen habitar galaxias lejanas sobrevolando en helicópteros piquetes, inundaciones, oscuridad, frío sin gas, calores sin ventilador y calles sin seguridad. Y cuando la queja se convierte en cacerolazos, ruidazos, apagones y pedradas, vienen entremezcladas caóticamente las promesas, las culpas de la pesada herencia o las represiones brutales que provocan más y más violencia. Algunos optan por «hacerse a un lado», como decía Discepolín en su Cambalache, otros se ponen furiosos, otros dejan de creer en nada que no sea el «sálvese quien pueda a cualquier precio» y otros pierden la razón y se entregan al viejito alemán o se emborrachan como aquel personaje también creado por Discépolo viendo a la querida patria flaca, fané y descangallada.