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El cuento de terminar con la pobreza

La ventaja de tener unos cuantos años, es que te das cuenta que, durante toda tu vida, un montón de listos y listas han  vivido y viven a costillas de todos aquellos que cada  mañana se levantan, corren, se preocupan y pasan mil incomodidades para ir a sus trabajos, con el sueño de conseguir dinero para tener una vida más digna en su vejez, antes de que les llegue el fin.

Son gente normal, común, que creen que trabajando podrán llegar a ser ricos. Algunos lo consiguen y aunque llegan a la vejez cargados de achaques, producto de una vida de trabajo y esfuerzo, logran tener un patrimonio estimable. Otros, llegan a la vejez con las secuelas y enfermedades producto de sus trabajos, pero sin dinero y con unas jubilaciones de miseria.

Y luego hay una gran mayoría que sobrevive como puede. Son los pobres, que cualquier enfermedad, que sería superada por un rico, los lleva a la tumba por no tener la atención costosa de alguna eminencia médica o medicamentos que únicamente los ricos se pueden pagar.

Esto que comento, llegas a verlo cuando repasas la historia de tu vida y si no eres fanático de un grupo político, es entonces cuando descubres que los que se proclaman salvadores del mundo, con diversas siglas, en realidad están viviendo muy bien gracias a lo que dicen defender. La ONU, OEA, OTAN, OMS y un largo etc. de ONGs. que fueron apareciendo con los años, nos hacen creer que están para salvar al mundo de la pobreza, del hambre, de  la violencia o de las grandes pandemias que nos atacan. Pero la realidad es que al final compruebas que solo atacan el mal cuando puede jorobarles el bienestar que ellos disfrutan en sus países del primer mundo.

Si una enfermedad de los pueblos más miserables de África llega a las puertas de sus grandiosas y confortables sedes, en Europa o América del Norte, donde residen estas burocratizadas instituciones, entonces cundirá la alarma y una legión de médicos, medicamentos y militares, van a estos pueblos y países miserables, para frenar aquello que puede poner en peligro las vidas de las señoras y señores de trajes caros, que cómodamente residen en el primer mundo.

Una vez alejado el peligro para el primer mundo, la pobre gente de esos países miserables, continuará en esa pobreza, que es muy fructífera para las señoras y señores de trajes caros que van de Cumbre en Cumbre, con discursos estériles, que no solucionan los males del planeta.

¿Qué pasaría con los listos que viven de los demás, en un mundo sin pobres, donde todos fuesen clase media y sin hambre?

Pues muy sencillo, que desaparecerían estas instituciones que viven de los pobres, los enfermos y los marginados. A todas estas siglas tenemos que agregarles nombres de partidos políticos con distintos colores, supuestos salvadores de la humanidad, pero que en realidad viven fabricando problemas, mientras intentan convencernos de que su partido político es la solución.

Recuerdo que en mi comunión, hace ya 60 años, me dieron una estampita con un negrito famélico de África. En esa estampita, por el reverso, había una petición de limosna para  combatir el hambre y la miseria de aquellos pobres africanos.

Hoy, 60 después, ese cuento sigue vivo. La diferencia es que a mi edad ya sé que la producción de alimentos ha mejorado. Sé que en Europa el Mercado Común regula lo que hay que plantar y no se puede plantar lo que te de la gana, porque así evitan que haya sobreproducción.

Sé que en Argentina se tiraba fruta al río, porque si al Mercado Central llegaba demasiada producción, los precios bajarían. Sé que personajes cargados de millones y que no son capaces de saber si una manzana crece en un árbol o bajo tierra, controlan las acciones de cereales y otros alimentos, logrando que las acciones bajen o suban según sus conveniencias.

Sé que en grandes extensiones del campo español no se recogen frutos, porque los intermediarios no pagan lo suficiente cuando hay sobreproducción. Sé que esos productos se pierden en los campos, mientras parte del mundo pasa hambre. Y encima ciertas ONGs intentan acomplejarnos desde los medios, haciéndonos creer que si tiras tus sobras de comida a la basura, eres el culpable del hambre del mundo e incluso nos aconsejan que es sano comer insectos.

Desde mi infancia vi montones de actores sacándose la típica foto, en los países pobres, con el niño famélico de ojitos con mirada desorientada. Luego esos actores, necesarios para hacer creíble el cuento, se irán a su primer mundo y el “niño anzuelo” seguirá en la miseria del tercer mundo.

Cuando tienes muchos años, eres imparcial y no eres un fanático tonto de algún partido político o grupo religioso, te das cuenta que la pobreza no desaparecerá nunca, porque es un gran negocio para las y los señores de trajes caros. ¿De qué vivirían los burócratas, que hace años nos venden el cuento de que  terminarán con la pobreza?  Un saludo.

 

Carlos Ochoa Blanco

Carlos Ochoa Blanco

Colaborador Revista Argentinos.es

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