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El parentesco entre el Teatro Cervantes de Buenos Aires y la Universidad de Alcalá

Entre la preciosa y tranquila Plaza San Diego de Alcalá de Henares y la transitada y bulliciosa esquina porteña de Córdoba y Libertad hay más de 12.000 kilómetros de distancia y doce horas de vuelo, pero una historia que las acerca y las hermana. El secreto de una unión que traspasa tiempo y espacio, es que la fachada del Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires, situado en esa esquina porteña, fue construida a imagen y semejanza de la de la universidad fundada por el Cardenal Cisneros hace más de 500 años, en la ciudad que un tiempo después vería nacer a Miguel de Cervantes.

 

Ese templo de las artes escénicas de la capital argentina cumple este mes 100 años, una buena ocasión para recordar su origen. Fue el 5 de septiembre en 1921 cuando terminó de construirse gracias a la iniciativa y el empeño de la actriz y directora española María Guerrero y su marido Fernando Díaz de Mendoza, dos reconocidas figuras del mundo artístico de esa época, a una y otra orilla del Atlántico.

 

Los edificios que esconden ambas fachadas han vivido momentos de esplendor y dieron cobijo a grandes nombres de la literatura y del teatro, pero también pasaron por periodos de decadencia, abandono y hasta incendios. Sin embargo, ahí siguen hoy en pie, atrayendo las miradas y objetivos de paseantes y turistas.

 

En la ciudad complutense, como se conoce a Alcalá de Henares, a apenas 25 kilómetros de Madrid por la carretera que lleva a Barcelona, la universidad fue el principal motivo para que ganara en 1998 la distinción de Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Que haya sido la primera ciudad diseñada como sede de una universidad en cuyas aulas enseñaron o estudiaron Lope de Vega, Francisco de Quevedo o Ignacio de Loyola, así como también la belleza y riqueza de sus edificios le valió el reconocimiento de la Unesco.

 

Aunque cada vez es más conocida, no todos los turistas que llegan a Madrid se hacen un hueco para visitar Alcalá. La sola contemplación de la fachada hermana del Teatro Nacional Cervantes valdría la pena. Pero la localidad madrileña de algo más de 200.000 mil habitantes guarda algunos otros tesoros, como la casa natal de Miguel de Cervantes, la capilla del Oidor con su torre de Santa María, la Plaza de Cervantes, la Catedral Magistral, el Palacio Arzobispal, el Corral de Comedias o la bonita calle Mayor, soportalada a lo largo de todo su recorrido.

 

 

Una fachada renacentista y plateresca

El Colegio Mayor de San Ildefonso, tal es el nombre del edificio originario de la Universidad de Alcalá, hoy funciona como sede del rectorado de la institución y como escenario de entrega del Premio Cervantes, que cada año se otorga a los más distinguidos escritores de la literatura en español. En uno de sus muros internos ya han quedado escritos para siempre los nombres de los argentinos Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, Adolfo Bioy Casares y Juan Gelman.

 

Rodrigo Gil de Hontañón fue el arquitecto encargado de diseñar la fachada del edificio renacentista con un marcado estilo plateresco. Sobre una pared de ladrillo, se comenzó a levantar, con piedra caliza, la obra que hoy se puede contemplar desde cualquier rincón de la plaza de San Diego. Llena de simbolismos, la fachada contiene una gran cantidad de esculturas de diferentes artistas: santos, escudos, soldados, atlantes, espadas, llaves, cruces, coronas, leyendas, dioses mitológicos, ángeles, gárgolas, antorchas, rejerías o columnas.

 

Recorrerla con la mirada, deteniéndose en cada detalle, puede llevar un largo rato, porque en ella se conjugan los saberes, las ideas, las creencias, las corrientes artísticas y las costumbres de toda una época. Quizás sea ese espíritu, que propició el periodo de máximo esplendor de España -el Siglo de Oro-, el que haya motivado a María Guerrero a trasladarlo al sueño de su propio teatro porteño.

 

Tras sendas y recientes restauraciones, hoy lucen ambas impecables. Una, como corazón del casco histórico de una ciudad pequeña pero milenaria, por la que pasaron celtas, carpetanos, romanos, visigodos o musulmanes y que exhibe como máximo orgullo haber sido cuna nada menos que de Miguel de Cervantes. Otra, como una de las joyas arquitectónicas de una ciudad enorme, caótica, hostil y encantadora a la vez, apenas bicentenaria, pero enamorada desde siempre de las librerías y de los teatros, como el precioso Cervantes.    

 

 

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