Por Enrique Pinti |  Para LA NACION.

La vieja pregunta que se hacen los ciudadanos del mundo acerca de a dónde va a parar la plata que se paga en concepto de impuestos se repite cada vez con más frecuencia. La inquietud de la gente remite al tema de la corrupción, la impericia y la burocratización de las administraciones.

A nadie le resulta «simpático» pagar impuestos. Ni aquí donde nadie nota importantes adelantos ni en otros países que ostentan una tradición de mayor estado de bienestar. El principio de contribuir al bien común en forma justa y proporcionada con el volumen de los ingresos que cada ciudadano recibe por su trabajo tiene un origen noble pero, mucho más habitualmente de lo que sería de desear, se ejecuta de forma desigual, arbitraria y sin la menor equidad. Y ahí vienen las rebeldías, las broncas y hasta los desmanes y estallidos sociales que en las formas de cacerolazos, piquetes y escraches se hacen oír en muchas ciudades del mundo.

La ansiada por el pueblo y cacareada por los gobernantes «transparencia» brilla por su ausencia y lo único que se transparenta es el descaro con el que muchos funcionarios usan paraísos fiscales para sus dineros mientras exigen, legislan y multan si no se cumplen las obligaciones del ciudadano de a pie, al que le piden impuestos hasta por respirar. Respirar, dicho sea de paso, un aire contaminado por la irresponsabilidad de grandes empresas que en aras de su expansión económica, no vacilan en perpetrar crímenes económicos de nefastas consecuencias.

Las guerras y enfrentamientos bélicos, muchas veces originados en la ambición y las pretensiones fundamentalistas de supremacías religiosas o raciales, devoran millones y millones que salen del bolsillo de los que trabajan para poder tener una vida mejor. Y cuando tanta gente naufraga en la miseria, la ignorancia, la enfermedad, la carencia, la desnutrición y la locura, da mucha rabia ver a los avivados que lejos de naufragar navegan en los yates obscenos de la riqueza más ostentosa y casi pornográfica.

También es cierto que grandes sectores de la humanidad piensan que es injusto sostener con impuestos a «desarrapados, mendigos y marginales», como suelen denominar a los que viven en niveles dejados de la mano de Dios y consideran que, al no ser responsables directos de esas espantosas condiciones de vida, no tienen ninguna obligación de perder un solo centavo en la manutención, la salud y la educación de esos sectores. El boomerang de semejante indiferencia es el aumento del resentimiento social propiciador de violencia y crimen del que son víctimas a manos de esos «muertos vivientes» que pululan por las calles de barro de las más siniestras villas miseria y el posible contagio de pestes y plagas derivadas de las malas condiciones de salud generalizadas por el abandono y la falta de higiene de esas hordas de seres sin la menor atención médica. Todo se termina pagando mucho más caro que el impuesto medianamente solidario.

La cuestión es difícil de resolver y, como casi siempre, todo se genera por la deshonestidad del evasor, la irresponsabilidad del que hace de la corrupción un modo de gobernar y la injusticia del burócrata que sepulta en cajones las iniciativas posibles para construir una sociedad más equitativa y justa que sólo se puede lograr con una mínima cuota de responsabilidades compartidas que no se arreglan con beneficencias, limosnas y colectas caritativas, que nunca están demás, pero que se estrellan contra el muro inexpugnable del robo, la estafa, el «no me importa» y el aún peor «no te metas».