Por Enrique Pinti |  Para LA NACION.  «Falta mucho por hacer», es la frase recurrente de los candidatos en el período pre-electoral, período que se prolonga eternamente porque cada dos años se repiten las votaciones y después de cada victoria o cada derrota se ponen medallas en el primer caso y se buscan excusas en el segundo. Cuando son reconfirmados se hinchan de orgullo y cuando caen en el barro de la pérdida le echan la culpa a factores externos, ajenos a su voluntad, a la fatalidad, a la situación mundial, al cambio climático y a lo difícil que es gobernar a un «país como éste». ¿Asumir errores? ¡Nunca! Y cuando lo hacen invocan a que todo fue hecho con la mejor voluntad. Pero no hubo ayuda del pueblo.

En discursos y plataformas se invocan como prioridades básicas la educación, la salud, la seguridad y la transparencia. En la práctica la educación está estancada en el mejor de los casos y derrumbada en el peor. La salud tiene déficits brutales con falta de insumos, hospitales públicos descuidados, destartalados, a veces ocupados por personas sin techo que pernoctan en pasillos mugrientos y con turnos de atención otorgados a tres meses de su solicitud. En cuanto a la seguridad, la crónica roja abunda en la descripción cotidiana de crímenes aberrantes, robos, violaciones y violencia imparable en canchas de fútbol y alrededores. Y esta calesita de barbaridades viene girando sin parar a través de administraciones muy diferentes en su discurso pero muy semejantes en sus consecuencias sociales.

En cuanto a la «transparencia» lo único que se puede decir es que la corrupción está a la vista y en eso es absolutamente transparente, pero muy pocas veces comprobable en forma concreta ya que los negociados y chanchullos se hacen cada vez más «legalmente» para que su sanción sea rápida y no se pierda en los laberintos burocráticos de una justicia lenta y sujeta a presiones de todo tipo.

En medio de tanto palabrerío mesiánico se producen cada tanto oleadas de optimismo, captación de nuevos adeptos que se acercan a movimientos nuevos, dirigentes jóvenes que no tienen prontuarios bochornosos ni pasados turbios y que generan esperanzas. Pero junto con esos períodos, y pegados a ellos, reaparecen viejas figuras revitalizadas vaya a saber por qué intereses. Y consiguen reubicarse en un imaginario colectivo presidido por amnesias o lagunas culturales que permiten la resurrección de fantoches grotescos de un pasado cercano para jovatos setentones, pero parcial o totalmente no-vividos por ciudadanos de veinte a cuarenta primaveras. Ellos desencantados con lo que les ha tocado vivir caen en la fatal equivocación de minimizar los efectos negativos que esas figuras políticas han acarreado para desgracia nacional.

Vuelven no con la frente marchita, como dice el tango, sino con la marchita al frente cantándose loas a sí mismos, reverdeciendo laureles que no supieron conseguir y confiando en que «más vale malo conocido que bueno por conocer», refrán que sigue vigente entre pueblos con flaca memoria que avanzan por la vida como quien atraviesa un sendero lleno de espesas nieblas que sólo permiten ver lo inmediato. Esto sin distinguir lo que se avecina y sin la menor posibilidad de visionar lo que han dejado atrás.

No es extraño que las películas de zombis tengan tanta aceptación en grandes sectores del público desprevenido en busca de distracciones fatales.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1785199-zombies